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Nuevo libro: Laura, vida y militancia de Laura Carlotto (Editorial Planeta Argentina)

Está llegando a las librerías en los primeros días de septiembre. Es el fruto de un trabajo de años, que empezó con un intercambio de ideas en una nota que le hice a Estela de Carlotto a fines de 2009. En 2010 empecé con las primeras entrevistas. Y finalmente, acá está, mi primera criatura de no-ficción.

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Facebook: Página de Laura, vida y militancia de Laura Carlotto

Revista ELLE: minientrevista Felipe Pigna

“Armé el rompecabezas de una historia borrada”. Felipe Pigna y la Historia de las mujeres, por María Eugenia Ludueña en Elle Argentina, febrero de 2012.-

Libros: noviembre 2011

Publicado por María Eugenia Ludueña en Actuelle Libros, revista ELLE Argentina, noviembre 2011.

En los medios: Taller de Periodismo Digital para niños y adolescentes

Esta vez tocó estar del otro lado. El suplemento Educación del diario Clarín se interesó en el Taller de Periodismo Digital que coordino en la Casa de Cultura y Oficios de Parque Patricios (Ciudad de Buenos Aires) con los activistas de la Asociación Miguel Bru. La nota formó parte del artículo de tapa sobre “Educar con redes sociales”. Esa sección del diario no se puede leer on line pero lo escaneamos y subimos a este link de la Casa de Cultura y Oficios.

http://casadeculturayoficios.blogspot.com/2011/07/en-los-medios-taller-de-periodismo.html

 

LIBROS recomendados: Tres luces, Emaús, Wakolda y Transformaciones.

 

Por María Eugenia Ludueña para revista ELLE Argentina, junio de 2011.

ELLE libros: recomendados de mayo

Solar de Ian McEwan (Anagrama), Al margen de las noches de Jean-Bertrand Pontalis (Paidós), El velo pintado de Maugham Somerset (Zeta) y Vista al río de Máximo Chehin (Bajo la luna).

Por María Eugenia Ludueña para Revista ELLE Argentina, mayo de 2011.

ELLE libros: recomendados de abril

Relatos reunidos de Hebe Uhart (Alfaguara), Demasiada felicidad de Alice Munro (Lumen) y Contra el viento del norte de Daniel Glattauer (Alfaguara).

Publicado en ActuELLE LIBROS, revista ELLE Argentina, abril de 2011.

Documental Los Carapintadas

A 20 años del último alzamiento carapintada en Argentina, hicimos este documental para televisión con Anima Films.
Estreno: próximo viernes 10/12 a las 10pm (hora Buenos Aires)
por The History Channel.
Documental History Channel

Seminario de Libertad de prensa en San Pablo, Brasil

Agradezco al canal TV Cultura de San Pablo, que me invitó a participar del Seminario de Liberdade de Imprensa. Junto con Pablo Mendelevich, contamos nuestras visiones acerca de la situación de los medios de comunicación en la Argentina. A propósito del debate que tiene lugar en Brasil sobre una Ley de Medios. Más información, acá.

Edición especial Aguilas Humanas: despedida a Néstor Kirchner

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El blog Águilas Humanas hizo una edición especial de crónicas con motivo de la muerte de Néstor Kirchner. Son nueve modos de decirle adiós.

Escribí mi versión libre y está acá

¿Por qué nos odian tanto?

Recién salido del horno, ¿Por qué nos odian tanto? es un libro sobre Estado y Medios de Comunicación en América Latina. Compilado por Omar Rincón desde el Centro de Competencia en Comunicación de la Fundación Friedrich Ebert, dedica cada capítulo a contar cómo se da esa relación en estos países, a partir de diferentes experiencias. Me tocó escribir sobre la complejísima situación en Argentina.

El libro completo se puede bajar en pdf haciendo click acá.

Las madres sean unidas, de Hecho en Buenos Aires a Cronopio

Gracias a la revista Cronopio (Medellín) por publicar esta nota que salió originalmente en Hecho en Buenos Aires. Para ver la nota, click acá.

Iguales y diferentes, Suplemento Las Doce, Página/12

Para ver la nota on-line, click acá.

Viernes, 3 de agosto de 2007

NOTA DE TAPA

Iguales y diferentes

Hace ya un cuarto de siglo que se acuñó la palabra sida y más de 20 años desde que se conocieron los primeros casos de vih en recién nacidos, niños y niñas. Médicos, organizaciones de la sociedad civil y organismos internacionales reconocen que las reper-cusiones del virus sobre la infancia no se han tenido lo suficientemente en cuenta. Los tratamientos que reciben son iguales a los destinados a adultos y eso dificulta la adherencia. En las escuelas este diagnóstico suele ocultarse para proteger de un mal peor que el virus: la discriminación. Niños y niñas, sin embargo, prefieren la verdad para así ser vistos y también tenidos en cuenta en sus particulares necesidades.

Por María Eugenia Ludueña

Debería tratarse de un error: los pañales descartables apilados junto al frasco de la Zidovudina (AZT) y el sonajero. Ese frasco no debería estar ahí. Ese nene de un año y cuatro meses no debería estar ahí; la boca de frambuesa que tienen los bebés, quieta en la cama número once de la sala de internación; la nariz de avellana que tienen los bebés conectada a una sonda. Este pabellón pediátrico de vih/sida del Hospital Muñiz, con sus patos y muñecos de goma-eva en las paredes, su cartel de “juguemos en silencio mientras el doctor cura a nuestros amiguitos”, debería ser un error. Tal como están las cosas es un acierto.

Los papás del bebé de la cama once le acomodan las almohadas. Tienen la espalda encorvada de preocupación. Son nuevos. Los padres de otros chicos se mueven en la sala con gestos precisos, tranquilos. Sus hijos vienen cada tres meses a una internación de medio día, programada por un seguimiento multidisciplinario. Este tratamiento pediátrico contra el vih –que ofrece apoyo médico, psicológico, nutricional, psicopedagógico, social y jurídico– es uno de los orgullos del equipo que lidera en el Muñiz el Dr. Roberto Hirsch, pediatra infectólogo y profesor de la UBA.

El doctor Hirsch vive para su record: desde el 19 de diciembre del 2000, cuando arrancó este tratamiento integral en la sala para niños, la 29 del Hospital Muñiz registra mortalidad cero. El bebé de la cama once no estaba en ese tratamiento, estaba en una casa humilde en un barrio humilde del conurbano. El bebé se enfermó y hasta que sus padres supieron que tenía vih –después de idas y vueltas, de hospital en hospital– pasó tiempo. Y acá está, muy grave, peleando para no convertirse en un número.

Lo triste de las cifras es que, hasta que se le ve la cara al bebé, nunca parecen ser lo suficientemente tristes. A fines de 2006 había 2.300.000 chicos viviendo con vih/sida en el mundo, 48.000 de ellos en América Latina y el Caribe, según estima la Organización Mundial de la Salud. Una sexta parte de las muertes relacionadas con el sida en el mundo son de niñas y niños que no llegaron a cumplir los 15, pero pocas veces se los menciona en las encuestas. Todos los años 300.000 niñas y niños menores de cinco años mueren por enfermedades relacionadas con el sida, señala Unicef, y alerta sobre la epidemia de vih en los niños como “El rostro oculto del sida”. Hasta hace poco ni siquiera se contaban las niñas y niños afectados por las consecuencias de la enfermedad, por ejemplo, quedarse sin padres por el virus. O quedarse con el virus.

La mayoría de los chicos con vih se infectaron de sus madres, durante el embarazo, el parto o la lactancia. La buena noticia es que existen tratamientos que reducen al 2% el riesgo de esa transmisión vertical, y la pésima –demencial– es que 1500 chicos por día se siguen infectando de vih en el mundo porque sus madres no acceden al diagnóstico o al tratamiento. Solo en el 2006 se infectaron con vih 540.000 chicos menores de 15 años.

Ilustraciones de los testimonios del libro Ynisiquierallore, editado por ICW y UNICEF.

Las chicas no lloran

Es una mañana de invierno, cielo gris y llovizna persistente, perfecta para dormir. Pero estas dos chicas se levantaron temprano y son las visitantes más jóvenes del IV Foro Latinoamericano y del Caribe en vih/sida e ITS (Infecciones de Transmisión Sexual) que se realizó en Buenos Aires en abril de este año. Keren (11 años, hondureña) y Victoria (13 años, uruguaya) pasean sus zapatillas último modelo y sus melenas alegres entre los científicos y militantes. Atraviesan los stands desbordantes de folletos, preservativos y slogans. Sonrientes, se acomodan en un salón en la mesa de panelistas, al lado de los vasos de agua y del señor Nils Kastberg, director de Unicef para América Latina y el Caribe, y de Patricia Pérez, secretaria regional de la Comunidad Internacional de Mujeres viviendo con vih/sida (ICW, según la sigla en inglés).

Lo dijo Patricia Pérez en el 1er. Congreso de Mujeres, Niñas y Adolescentes de Latinoamérica y el Caribe organizado por ICW en Panamá de octubre del 2006: “No queremos nada para nosotras sin nosotras”. En esa oportunidad el señor Kastberg reconoció que hasta Unicef se había demorado en atender a las demandas de las niñas y niños afectados por el sida. Sus palabras fueron cruciales para que entre ICW y Unicef naciera un libro que les pone voces a los números, sentimientos a los rostros anónimos. Se llama Ynisiquieralloré (Dunken), y Keren y Victoria están en este salón y en esta ciudad para presentarlo.

Las páginas reflejan sus testimonios –recogidos por la periodista María Mansilla– y los de otras chicas de América Latina y el Caribe que conviven con la infección. Candela, Lizzie, Angelical, Fernanda, Estrella, Agustina, Nicolle, Rosario, Cecilia, Morena y Ouka son los nombres que ellas eligieron para hablar de cómo es vivir con el virus.

El nombre del libro, comenta Patricia Pérez, alude a algo en lo que coincidieron las entrevistadas: ninguna lloró al enterarse de su diagnóstico. A excepción de una que sí lo hizo, cuando una amiga le contó que también había recibido un resultado positivo.

Que no me toque

En el Hospital Muñiz el primer diagnóstico de vih en un niño desconcertó a los médicos en 1987. “Era un chico hemofílico, derivado por la Academia de Medicina, infectado por una transfusión de sangre”, hace memoria el Dr. Hirsch. Recién en 1990 empezó a ver a las primeras mujeres; pero después del nacimiento de uno de los primeros bebés con vih tuvieron que intervenir funcionarios para que la madre y el niño fueran asistidos. Casi nadie quería tocar al bebé.

En el Hospital Garrahan, el primer caso de vih pediátrico se conoció en 1988. “Era un adolescente y fue un caso comentado porque concurría a una escuela de la Boca. Los padres de los alumnos pidieron a las autoridades que prohibieran el ingreso del chico. Hubo un trabajo importante del equipo de Promoción de la Salud y Prevención del sida del gobierno de la ciudad para aclarar que no existía riesgo de transmisión por jugar, compartir el aula, el asiento, los baños, vasos o cubiertos”, recuerda la Dra. Rosa Bologna. El nombre de esta médica, a cargo del Departamento de Vih-Sida del Hospital Garrahan e investigadora de Helios Salud, saltó hace dos años a las publicaciones del mundo. Con dos científicas argentinas, participó en una investigación de la Universidad de Texas que identificó un gen crucial en la vulnerabilidad de la infección y el desarrollo del sida.

Según datos del Ministerio de Salud, se estima que más de 6000 menores de 19 años viven hoy con el virus en la Argentina y han sido diagnosticados. Sumando a los que aún desconocen su infección, serían más de 10.000. El Dr. Daniel Fontana, director del Programa Nacional de Lucha contra los Retrovirus del Humano, Sida y ETS calcula que “entre 2800 y 3000 niños menores de 14 años están en tratamiento y reciben una terapia antirretroviral. De 500 a 700 fueron diagnosticados y están bajo monitoreo. Serían de 3500 a 4000 los niños infectados en nuestro país”.

Los chicos crecen

El Dr. Hirsch dice que “al principio parecía que lo único que podíamos hacer era acompañar a los chicos a morirse en su casa”. Después empezó la época en que “algo” se podía hacer. Aparecieron los protocolos para el tratamiento. Y en el 2000, cambió una perspectiva de trabajo con los pacientes en su sala: “Empezamos a trabajar desde el enfoque multidisciplinario y la Convención de los Derechos del Niño. En la Argentina el vih/sida pediátrico representa el 7,7 % de la población afectada, con fuerte tendencia a la feminización y pauperización. Este contexto genera dificultades en el seguimiento clínico y el tratamiento. Para fortalecer la adherencia hay que trabajar con los chicos y sus familias en el desarrollo de la confianza”.

En el Muñiz los chicos con vih se internan de manera programada, cada tres meses, durante medio día. El equipo del Muñiz ofrece sostén emocional y un espacio de contención psicológica abierto a padres e hijos, desde una perspectiva que rompe con lo tradicional del “paciente desvalido” frente al “profesional todopoderoso”. Y trata de ayudarlos a tejer su propia historia, su testimonio de la vida, la enfermedad y la muerte.

En el plan de internación abreviada hay 260 chicos en seguimiento y más del doble ya pasaron por el programa.

En uno de los bancos de la única plaza que se instaló al lado del pabellón pediátrico, un paciente avezado, de 18 años, fuma un cigarrillo y mira los sube y baja vacíos. Es un morocho argentino, ojos negros y labios bien dibujados, en un cuerpo esbelto debajo del rutilante equipo de gimnasia. Cuenta que tiene una banda de cumbia. Se llama Adrián y vive con sus abuelos en Barrio Norte. “De chiquito estaba enfermo. Cuando supe que tenía vih no sufrí un shock. Fue un paso en la vida, nada más. La única diferencia que tengo con otros pibes es tomar la medicación o internarme para controles. No siento que me discriminen, pero la gente me tiene un poco de lástima.” Hoy Adrián no vino por él sino para acompañar a su hermano Gastón, que estuvo internado por una complicación respiratoria y prepara el bolso para irse a casa de sus tíos, con quienes vive.

Adrián y Gastón perdieron a sus padres hace muchos años, cuando los tratamientos que cambiaron el curso del vih no existían. Como ellos, más de 15 millones de niños y niñas están huérfanos por el sida en el mundo.

Gastón tiene unos años menos que su hermano, buzo negro, jeans, reloj deportivo, es más menudo. Dice que sí se siente diferente a otros chicos: “Tengo que tomar cinco pastillas todos los días. A la mañana y a la noche me inyecto T20, una medicación que me deja huevitos debajo de la piel. Tengo que pensar lo que estoy haciendo, porque pasé un montón de cosas feas. Estuve internado, cableado, con suero. Como el bebé que está en la cama once: yo lo veo y pienso que ahí estoy yo. De chiquito estuve varios meses en el Muñiz. Acá conocí a mi mejor amigo. Tratamos de consolar a la mamá del bebé, le decimos que va a estar bien”, comenta.

Lo que dice Gastón hubiera sido impensable hace 20 años. “Antes no hablábamos de futuro, ni nosotros ni los padres de nuestros pacientes. Ahora tenemos medicamentos de alta eficacia”, apunta Bologna.

El factor vertical

Patricia Trinidad, pediatra infectóloga de la Fundación Centro de Estudios Infectológicos (Funcei) y Helios Salud tiene a su cargo el tratamiento de las mujeres embarazadas con vih. Dice que se ha avanzado tanto que chicos y adultos “conviven con el vih como una enfermedad crónica. Hoy se puede hacer mucho. Por eso es crucial que la mamá sepa que es importante saber el diagnóstico, antes o durante el embarazo, para tratar a su bebé”.

El vih afecta el cuerpo de los chicos de manera diferente que a los adultos. “En los primeros años, el sistema inmunológico y el sistema nervioso central están en desarrollo. Si el niño no recibe tratamiento aparecen infecciones graves y retardo madurativo. Esto se revierte con las medicaciones. En los adultos es raro que aparezcan los problemas neurológicos en los primeros años de la infección y las complicaciones aparecen después de muchos años de evolución”, explica la Dra. Bologna.

Según la OMS, Onusida y el Programa Nacional de Lucha contra el Sida, el total de casos de vih/sida en menores de 13 años era de 2961 en el año 2005. La transmisión vertical representaba entonces el 94,8% de los casos de sida notificados y el 92% de los casos de vih en menores de 13 años. Los casos de vih/sida por tranmisión vertical tuvieron un pico entre los años 1991-1996.

Hoy la ley obliga a los médicos a ofrecer a las embarazadas un test diagnóstico del vih como parte de los análisis de sangre de rutina de los cuidados prenatales. “En nuestro país existen recomendaciones para la prevención de la transmisión vertical desde 1997. El método se perfeccionó. Vemos la cuarta parte de los niños que veíamos con nuevo diagnóstico de infección vih. Esperamos llegar a cero. Pero el sistema aún no es perfecto y hay dificultades con el ofrecimiento del estudio de vih en el embarazo. Si la mamá está infectada y hace tratamiento, el riesgo de infección es menor del 5%, si no lo hace es del 25-30% (o sea, podría nacer 1 chico infectado por cada 4)”, explica la Dra. Rosa Bologna.

“En el Hospital Fernandez, desde el año 1999 hasta la fecha no registramos infecciones por transmisión materna: todos los niños nacidos de madres vih + fueron negativos”, dice el Dr. Jorge Lattner, pediatra infectólogo del Fernández y del Centro Médico Huésped, y miembro del Subcomité de Sida de la Sociedad Argentina de Pediatría. Si bien en todos los hospitales de la ciudad de Buenos Aires hubo avances importantes en bajar la transmisión vertical aproximándola a 0%, “no se ha llegado a un control de las embarazadas en todos los lugares del país, que permita disminuir la tasa de transmisión materno-infantil, la forma más frecuente de contagio infantil, y es prevenible”, enfatiza Lattner.

dibujos de pacientes de la Sala 29 del Hospital Muñiz, recopilados por el médico Roberto Hirsch

La verdad

–Supe mi diagnóstico cuando tenía 9 años, hace poquito. Ya tengo tres años de tomar la medicina. Tomo pastillas. La de las 7 es bien pequeñita, la de las 8 es grande, las tomo con agua. Me lo dijo una doctora. Yo no me asusté. Y ni siquiera lloré, cuenta Candela, una salvadoreña, la más chica entre los testimonios del libro de ICW.

“El momento de contar el diagnóstico a los chicos es uno de los momentos más estresantes para los padres o cuidadores. No todo el mundo comprende que vih no significa sida y la gente está más acostumbrada a esta palabra”, dice la doctora Alejandra Bordato, especialista en psiquiatría y psicología infanto-juvenil, miembro del equipo de Helios Salud y del Servicio de Salud Mental del Hospital Garrahan.

En las familias, afirma la doctora, muchas veces se vive un clima de secretos ligado al vih, difícil de sostener. “Suele ser un tema del que no se habla porque es muy doloroso. Puede ocurrir que el diagnóstico lo sepan la mamá y el hermano mayor, mientras que el más chico tiene el virus y el del medio lo ignora”, ejemplifica.

“Al dar a conocer el diagnóstico a los chicos, la mayoría de las veces la familia se tranquiliza, se relaja, puede empezar a hablar del tema. Los hijos lo toman diferente que los padres. Nacieron y crecieron con la medicación. Notan que si la toman andan bien. Saben, aunque no sepan exactamente qué, que algo sucede con sus defensas. Al conocer que tiene vih la mayoría no se ha deprimido ni agravado. Pero algunos padres sienten culpa, o miedo de que se enojen con ellos. El vih trae el pasado al presente”, explica Bordato. Está convencida de que conocer el diagnóstico es un hecho trascendente que le da sentido a lo que vienen viviendo y les permite completar su historia personal y familiar. Y dice que lo deseable es que conozcan su diagnóstico antes de que sean adolescentes o inicien su vida sexual. Pero muchos llegan a los 12 años sin saberlo.

¿Silencio en la escuela?

Hay mamás que guardan las medicaciones en el rincón más oscuro de la alacena, otras que arrancan las etiquetas de cada frasquito que diga “vih” para que ni las tías ni las vecinas se enteren. Hay un tío que hacía dormir a su sobrino con dos pijamas y en otra habitación que sus primos. Hay un chico que no sabía su diagnóstico y se enteró por rumores. Hay alumnos que tuvieron que cambiar de escuela cada vez que el rumor inundaba las aulas. Hay un profesor que reunió a los compañeros de un chico con vih y les dijo que no tenían que jugar con él juegos donde pudieran lastimarse, así filtró el diagnóstico a toda la comunidad. Hay una maestra que se puso guantes para dar clases. Hay postales de tanta ignorancia que hacen que decidir a quién contárselo no sea una cuestión menor.

Rosario, una mexicana de 13 años, contó en Ynisiquieralloré:

“Yo dejé de ir tres años a la escuela. La primera vez, mi mamá me inscribió sin decir nada, pero cuando empecé con molestias los maestros se dieron cuenta. Los padres (…) habían sacado a sus hijos de la escuela, a más de 40 niños me dijo mi mamá (…). Decían para qué quería yo estudiar, si de todas formas me iba a morir. Otros dijeron que estaban dispuestos a pagar un maestro particular, pero no me querían en la escuela. Entonces el director me expulsó (…).”

¿Hay que informar el diagnóstico en la escuela? Patricia Pérez, candidata a Premio Nobel de la Paz por su militancia por el vih/sida, dice que “si nos guiamos por las chicas que participan de ICW, dar a conocer la verdad casi siempre reafirma, fortalece. Tal como se ve en el libro, ellas se lo toman como algo natural, no como algo traumático ni que haya que ocultar”.

“Un chico no representa ningún riesgo en un colegio. Si se estima que el 60% de la población está infectada y no lo sabe, ¿por qué obligar?”, se pregunta la Dra. Trinidad.

“Todavía hay gente que nos pregunta por qué se debe mantener la confidencialidad del diagnóstico en la escuela. La situación es comparable a la de los adultos, nadie va y comenta en su trabajo si está infectado por el virus hiv, hepatitis B o C. No existe riesgo de transmisión por compartir los lugares de trabajo o estudio o en la convivencia familiar”, remata la Dra. Bologna.

La Fundación Huésped, a través del Proyecto Escuelas, ofrece charlas informativas en las aulas. Y lleva repartidos los cd educativos Preventoons en 3000 escuelas de la ciudad y el Gran Buenos Aires. La iniciativa fue declarada de interés educativo con el Ministerio de Educación de la Nación. Huésped también organizó el Primer Modelo de Naciones Unidas en Argentina sobre vih/sida para chicos de escuelas secundarias de la ciudad.

Desde el Programa Nacional contra el Sida, el Dr. Fontana cuenta que se está conformando una comisión intergubernamental para trabajar en conjunto con las áreas de Justicia, Educación y Salud. Y que se está haciendo una consulta con los programas provinciales de lucha contra el sida y las redes de escuela. “El hecho de cambiar las actitudes con respecto a la educación sexual es muy importante”, advierte Fontana. Y da cuenta de que en nuestro país los datos epidemiológicos replican al resto del mundo. La epidemia se extiende cada vez más entre las mujeres, y se concentra en edades sexualmente activas. Esto impacta sobre nuevas infecciones en niños. “La epidemia se ha pauperizado, se ha feminizado, se ha empobrecido y se ha hecho más joven”, explica Fontana.

Mientras los pacientes del pabellón pediátrico almuerzan, Hirsch afirma:

–El VIH sigue siendo una enfermedad de estigmatización, que afecta en su mayoría a gente de clase baja.

–¿Se siguen muriendo chicos de vih en este pabellón?

–Sí, pero no de los que están en tratamiento. Hace quince días fallecieron dos. Las madres siguen teniendo chicos con vih y no se les brindan las herramientas para encarar esto desde una perspectiva de género. Es muy difícil establecer un diagnóstico de vih en la pobreza.

Es difícil tomar la medicación cuando no se accede a agua potable. Es difícil que el tratamiento sea efectivo cuando no se tiene la panza llena. Es imposible instalar el tubo de oxígeno (que necesita uno de estos chicos) porque las paredes de la casa son de chapa y no tienen el grosor adecuado.

“Se gastan fortunas en darles los medicamentos para tratar el vih, se hace un esfuerzo enorme pero no estamos atendiendo a todos los frentes, no existen aún políticas integrales que respondan a toda la dimensión del problema de fondo”, dice el Dr. Hirsch.

Aun así, la pobreza no parece ser lo más difícil de transformar: “Hubo avances científicos muy importantes pero todavía hay discriminación y falta de información. No ha cambiado el estigma que significa vivir con la infección, aún hoy los padres de nuestros pacientes viven la infección en soledad. Necesitamos que haya una apertura en la comunidad”, cuenta la Dra. Bologna.

En la soledad de la plaza del pabellón del Muñiz, los papás del bebé de la cama once lloran.

Palabras en la oscuridad, La Nación

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Domingo 30 de marzo de 2008.

Sociedad / Cárceles por dentro

Palabras en la oscuridad

Son mujeres. Están presas en la cárcel de Ezeiza. Muchas de ellas viven allí con sus hijos, y encontraron en la escritura un camino de recuperación. Una periodista de LNR participó de un festival de poesía entre paredes y rejas, y cuenta aquí la experiencia.

Mi cuerpo no es libre, pero mi mente sí.” Myriam López Pereyra, 37 años, lee taciturna su poema. Tiene la piel morena, le faltan algunos dientes, otros están negros, se tiñe de rubio. Se sienta con LNR a contar su historia. Quiere que la conozcan, no por vanidad sino para ver si le sirve a “alguien” que tenga el poder de hacer “algo”.

–Antes tomaba merca, y un día me dijeron por qué no probás este mambo. Probé paco y me quedé colgada. No iba ni a mi casa. Fui a comprar y me quedé ahí fumando y cayó el allanamiento. Tengo cuatro hijos. Nunca les había podido decir que los amaba. Mis hijos no se drogan; imaginate, verme así es para decir: yo no me drogo ni loco.

La primera vez que estuvo en el taller de poesía trajo un papelito con algo escrito durante su ingreso al penal. “Llegué y estuve cuatro días en los tubos (celdas individuales y mínimas), incomunicada, sin hablar con nadie y con crisis de abstinencia. Un día acá adentro es como un año afuera. Pensé que había muerto y estaba asistiendo a mi velorio. Escribí sobre eso y María, la maestra, me dijo que era poesía”, recuerda. Después María le pidió que escribiera algo más.

“Tas reloca. ¿Que yo via’a escribir?”, le dijo Myriam, la misma que ahora afirma: “La poesía es poder decir en un papel lo que no puedo con la voz. Poder decirles a mis hijos cuánto los amo. Me estaba matando a mí misma. Y con la poesía me encontré. Acá te abren esa reja, te tiran un colchón y arreglate. La poesía me enseñó que podía hacer algo por mí. Yo no sabía que podía. No sabía que había gente de afuera que se interesa por nosotras. Cuando salga, me gustaría que mis hijos me den la oportunidad de estar con ellos, seguir en el taller y ayudar a los que están en el paco. Los que estamos en el paco no entendemos que mata. Un penal no es la solución. Tiene que existir un lugar serio, cerrado pero con contención, con represión”.

Antes de entrar, todo parece una casa de muñecas: paredes rosa salmón, techos verde oscuro, puertas y ventanas pintadas de azul claro. Pero las casas de muñeca no tienen un cerco perimetral con alambres de púa que brillan bajo el sol del verano, torres vigías, puertas de rejas ni guardias armadas como la Unidad Penitenciaria N° 31 de Ezeiza. Dicen que es una de las cárceles que el Servicio Penitenciario Federal prefiere mostrar: acá viven mujeres que, más allá de estar acusadas de haber cometido un error, tienen muy buena conducta; eso, se supone, garantiza un bajo nivel de conflicto. Es uno de los penales más nuevos y de los pocos donde viven chicos menores de cuatro años, hijos de detenidas, que van al jardín detrás de las rejas. Todos esos nenes y nenas aprendieron a decir “mamá” y “agua” con tanta urgencia como “celadora”.

Las palabras cambian para sobrevivir acá adentro. A veces forman un código cerrado, de términos gastados, predecibles, tristones. Interna. Gorra. Gato. Recuento. Requisa. Pero también puede ocurrir que tejan un mundo tan visceral y opulento como para que un día caluroso un grupo de visitas llegue a Ezeiza en micro, combis o autos a participar de un banquete de palabras, un festival de poesía al que bautizaron Yo no fui.

Lo dijo Bart Simpson: “Yo ni fui, nadie me vio, no pueden probarlo”. Y las chicas, señoras y abuelas que hace cinco años van al taller de poesía que coordina la poeta María Medrano –con su colega Claudia Prado– la hicieron su mantra. Es el título de dos libros con poemas del taller y un proyecto artístico y social más amplio. “Arrancó con un taller de poesía en este penal, donde se formó el grupo que lleva adelante el proyecto. Ahí se generó la reflexión acerca de las mujeres detenidas y surgió la necesidad de que el trabajo de los penales tuviese continuidad afuera, dando apoyo y contención en el proceso de recuperación de la libertad”, explica María Medrano. Hoy, Yo no fui trabaja adentro con las mujeres detenidas. Y afuera con las que salen. O no. Porque a medida que quienes habían participado en el taller iban saliendo, decían «ah bueno, pero yo afuera voy a seguir» o «nos tenemos que juntar afuera». “Las que no querían escribir, igual venían. Les hacía bien charlar con gente que había pasado por la misma situación. Se sumaron mujeres que no habían participado del taller adentro, pero que empezaron a venir como algo vital”, cuenta María Medrano.

No era un interés personal lo que las movía: había conciencia de que muchas estaban pasando por la situación del encierro y que desde afuera podían hacer algo. Ya no por la compañera de rancho, sino por miles de mujeres. De las 1050 presas en cárceles federales, el 56% de ellas no tiene condena. La mayoría, vinculadas a delitos no violentos. Por su condición de género sufren mayor discriminación y reciben menos visitas. En la Unidad 31, el 67% tiene causas de drogas y al entrar en el salón del festival llama la atención la diversidad de rostros y pieles y pelos y lenguas que participan del taller de poesía. Benetton haría acá su mejor casting.

De penal a centro cultural

–Yo doy la cara porque no maté a nadie, dice y aprieta fuerte a su beba al pecho.

Raquel Calabria está acusada de tráfico de cocaína. La detuvieron en Ezeiza el 16 de marzo del 2007, cuando ya estaba en el avión, pero nunca llegó a cruzar el océano. Por esos días que cayó presa supo que estaba embarazada. Su hija nació en la Maternidad Sardá y vive con ella en la Unidad 31 de Ezeiza, donde viven unas noventa madres con hijos menores de cuatro años. Que los niños crezcan entre rejas desata múltiples complejos debates. Existe un proyecto de ley que contempla enviar a las madres de hijos menores de cuatro años a prisión domiciliaria con una pulsera magnética.

Raquel vivía en Alicante y era encargada de un restaurante. “Ganaba poco, mi marido trabajaba en la construcción. Sólo quería terminar de pagar mi casa y mi coche.” Le salió caro: va a hacer un año que no ve a su otra hija, que vive en España y tiene cuatro años. Lo que más quiere en la vida es que llegue el día de abrazarla. Mientras tanto, lee. Pablo Neruda. Quevedo. Cervantes. Escribe.

–Me hace sentir fuera de aquí. La poesía siempre me gustó. Entro al taller y me siento libre, en otro mundo. Escribir es estar fuera de aquí.

“Yo no fui amordazada. Yo no fui limada”, dicen las letras con aerosol rojo gritón en sábanas que ambientan el salón más luminoso de la cárcel. Este espacio impersonal donde otros días las internas reciben las visitas, hoy parece un centro cultural modernoso. En el centro: la mesa. El programa anuncia cinco sesiones de lectura de poesía y una de debate. Y dice, en palabras de Laura Ross, una de las participantes del taller: “En esta instancia donde se nos borran las palabras, en que lo ajeno es habitual, donde el agua de la memoria tiene pozos y no es natural un abrazo ni la relación con el dinero ni con el cuerpo, ya tener un libro en la mano es político. Conversar sobre lo leído es compartir nuevos discursos y acceder a otros escritores es poder estar afuera por un rato”.

Detrás de la mesa hay una soga de la que cuelgan hojas de cuaderno. Parece ropa tendida. Son poemas escritos a mano. Unos firmados por las chicas del penal y otros con fragmentos de poetas consagradas. Como Diana Bellesi, la santafecina que en los setenta fue pionera de estos talleres intramuros. Las chicas la reciben entre mates y puchos. Bellesi se acomoda en un banco, a centímetros de Damián Ríos, Anahí Mallol, Lucía Bianco, Gabriela Bejerman, Carlos Battilana, Juan Desiderio, Paula Jiménez, Francisco Garamona, Martín de Souza, Consuelo Fraga, Teresa Arijón, Mariano Blatt, Guadalupe Muro. Son los poetas invitados. Vinieron en un micro desde la Casa de la Poesía de Buenos Aires. Parecen niños obedientes y expectantes a que les tocará leer.

El banquete arranca con unas palabras de María Medrano. Agradece rápido y presenta la performance que trajo al penal la editorial Superabundans Haut. Un señor-editor-activista pegó en las paredes afiches murales que en letras negras y grandes hablan de la sumisión y la autoridad. Con un megáfono de hojalata, el hombre explica que esas frases fueron escritas en el año 1548 por un joven francés de 18. Se llamaba Etienne de La Boétie, fue político y jurista, son textos del Discurso sobre la servidumbre voluntaria. Las chicas se pasan el megáfono y leen. Una veinteañera con una beba de un mes repite: “A aquellos que, así la libertad estuviera por entero perdida y fuera del mundo, la imaginan y sienten en su espíritu, y además la saborean, y que no pueden tolerar la servidumbre, por mucho que la adoren”.

En un rincón del salón hay una mesa con libros pequeños, de las llamadas editoriales independientes. En el otro costado, tablones y caballetes arman un despacho de comida naturista, gracias al apoyo de La Aromática, que convida un almuerzo sabroso. De postre, las frutas llaman la atención de las chicas. Hacen cola para conseguirlas.

“¡Cuanto hace que no veía una sandía!”, comentan y escupen las semillas en la mano.

El cacho de libertad

En el almuerzo de bienvenida hay señoras de pantalones de vestir, remeras de hilo, camisas pastel. La cartera y los anteojos de sol son un trofeo secreto. Se abrazan y se dan palmaditas en la espalda con algunas de las chicas, más proclives al jean y la remera. Tragan saliva y ruegan que la emoción no las traicione: es la primera vez que vuelven desde que recuperaron su libertad. Se llaman Betty Pastrana y Ana Rossel. Bah, son los nombres con los que se mueven en la poesía, el mundo del que hoy forman parte puertas afuera. Betty es abogada, vive en Belgrano.

“Mamá, no te vas a animar a volver”, le había dicho el hijo.

–Y acá estoy, dice ella, sonriente y nerviosa, porque volver, aunque sea como visita, comenta, es muy estresante.

Betty y Ana y Silvia y Blanca son cuatro talleristas de la primera hora que ahora mantienen vivo el espacio afuera. El festival las llena de melancolía y de la verborragia que producen las arañas en el estómago.

–La poesía fue el cacho de libertad acá adentro, dice Ana. Y no hablo de leer, sino de descubrir que se puede expresar algo que no sabías ni vos.

–Pasábamos la puerta de Educación y nos sentíamos libres.

–Acá tenía una covacha. Pero me sentía contenida y apreciada. En un pabellón hay tres televisores y cuatro radios encendidas. Vivía arriba de la cama, el único sitio de intimidad; desde ahí me acercaba al cielo. Ahora mi dormitorio me queda grande, dice Betty, que trajo un texto sobre la poesía en acción para el debate.

–Si venía nuestra familia, lo único que podíamos era prepararles comida. Desde que venimos al taller también podemos dar poesía.

Buena letra

Caminante del planeta, música y titiritera. Devota de Lord Ghanesa. Con estas palabras se define en el libro Yo no fui Silvia Elena Machado. Hoy vuelve por primera vez desde que salió en libertad condicional. Lee en la primera mesa de poesía, en calidad de “personal civil”, como dice el cartel en el pecho de las visitas. A todas nos dieron esa identificación al entrar en el penal, cuando dejamos teléfonos celulares y documentos. Silvia lee un poema que escribió para Ingrid Betancourt. Antes agradece al taller: “Ese espacio es una de las pocas posibilidades de los internos de disfrutar de los bienes culturales, que nos pertenecen a todos, sin discriminación”. La aplauden.

Alguien lee un poema sobre sapos, charcos, miedos y estrellas. Flota un silencio inmaculado. Lo rompe un niñito moreno de dos años, el hijo de Liz, una dominicana que leerá en la misma mesa. Gabriela Bejerman le alcanza un gorro para entretenerlo. Al lado de Liz hay una mujer que no lograría pasar desapercibida aunque quisiera. Es una cincuentona de carnes robustas, cutis pálido, blusa y falda con animal print, el pelo esponjoso y rubio ceniza que parece salido de la peluquería. Cuando creen que no la miran, se retoca los labios con rouge ayudada por un espejo de bolsillo. Es Carmen Orza y habla un español con acento rumano. Después, cuando estemos a solas, contará que hace dos años que llegó. Nunca antes había escrito poemas. Los primeros tres meses sólo iba al taller a escuchar, porque, aunque está casada con un peruano, “la forma de pensar en otra lengua es diferente”. Un día María le trajo un CD con poemas grabados en su lengua natal. Y escribió.

–La poesía me ha dado fuerza de vivir acá y encontrar personas que hablen de otra manera. La poesía te hace olvidar dónde estás. Para las extranjeras que no tenemos visitas es algo grande.

Le gusta la obra de Fabián Casas.

–Pero lo de cuando era más joven, y algunos poetas rumanos, no los fantasiosos.

Cuando le toca leer agradece: “Por las dos horas de ejercicio mental y alegría que nos brindan María y Claudia”.

La dama rumana también es una de las más aplaudidas de la segunda mesa: una sinfonía con ecos de otras tierras, fonemas, olores. Ellas participan del taller y leen poesía en su lengua materna. Es la única mesa donde sólo hay chicas detenidas; en las demás se mezclan los de adentro y los de afuera. Después Ramona, una señora que se sumó a Yo no fui desde el proyecto editorial de Eloísa Cartonera, traduce al español.

Todas las puertas están cerradas y el aire huele a cigarrillo y a desinfectante. A nadie le importa porque lo único que cuenta es lo que lee Laura Preguerman, una de las poetas de la casa. Le tiemblan los dedos y el papel. Laura mira al piso, hace un esfuerzo para no quebrarse, pero su voz se convierte en quejido. Pasa el papel a alguien para que termine la lectura con la frase que no logra terminar: “¿Por qué fue tan difícil quedarnos juntos? Ya no pregunto, ya sé que no hay principio sin final”. El auditorio se muerde los labios mitad con alegría y mitad con dolor. La poesía está viva. Estas mujeres la escriben con el cuerpo.

Un rato después, Laura Preguerman participa de la mesa de debate. Allí donde Carlos Battilana se pregunta: ¿qué hace la poesía con nosotros?

Ella responde: “Es un vehículo para salir de la opresión y de la rutina del encierro, regresar hacia mi esencia, la que fui antes y la que seré después”. Silvia Machado habla de la poesía como una reescritura “y como una reescritura que no es sólo de un poema, sino de la fotografía del pasado que quedó congelado cuando ingresé a la cárcel”.

Diana Bellesi está atornillada al banco y a sus Virginia Slims, los ojos celestes iridiscentes clavados en la mesa de lectura. Le toca compartir el cierre con Damián Ríos, poeta entrerriano, y con Lucía Bianco, que vino especialmente de Bahía Blanca, y con Betty, la que recuperó la libertad, y con Raquel Calabria, la española que le da el pecho a su beba de un mes. Bellesi habla de la poesía como una jaula donde el pajarito canta.

María invita a recoger las poesías que cuelgan de la soga. Bellesi encuentra ahí un texto suyo. “Es una celebración paradojal e inquietante, como volver a casa. Estamos muy mezclados. Más allá de los errores, son unas minas bárbaras, y el afecto y la vitalidad que han demostrado hoy es algo que se ve poco afuera”, dice la poeta santafecina.

Damián Ríos aún sigue turbado de agradecimiento: leer acá es un ida y vuelta. “Las palabras adquieren otra resonancia”, dice, mientras la casa de muñecas se llena de una melodía delicada y melancólica como una canción de cuna. El grupo El Pony Infinito cierra el festival con música en vivo.

“La poesía, como cualquier otra rama del arte, permite bucear en uno, y la búsqueda por comunicar de una manera especial eso que uno quiere decir abre puertas inauditas. Descubrir esas zonas nos hace diferentes de lo que éramos, o de lo que creíamos que éramos. Nos hace ser más uno. En general, esos descubrimientos nos hacen más dignos, más enteros”, comenta María Medrano mientras las chicas se dejan mecer. María, que es poeta y dirige la editorial Voy a salir y si me hiere un rayo, tiene una teoría que sostiene un trabajo de años: “En un lugar donde hay todo un sistema montado para decirte «vos no sos nada», «vos estás enfermo y estás acá para enderezarte», la poesía, el arte, ayudan a fortalecer y redescubrir nuestra propia identidad”.

No se equivocó Daniel García Helder, de la Casa de la Poesía (Dirección General del Libro y Promoción de la Lectura, Secretaría de Cultura del gobierno porteño), cuando la convocó para este proyecto con apoyo del Ministerio de Justicia y Derechos Humanos de la Nación y del Servicio Penitenciario Federal (Educación).

Cuando el sol les empieza a pintar la cara del rosa de las paredes, Betty y Ana y Silvia y Blanquita saben que deben despedirse. Antes se sacan fotos con las chicas. Betty y Ana dicen que ahora las persigue el fantasma de la hoja en blanco. Extrañan la forma en que producían. Cuando tenían tiempo y lo llenaban con poesía y las palabras atravesaban las ventanas, abrían las puertas, sobrevolaban las torres vigías y viajaban más allá de la casa de muñecas.

–A veces tengo la sensación de que al volver al ruido te mareás. Y me encuentro con gente tan mareada que no sabe lo que es la libertad.

–La libertad es interna, no externa. Ahora sentimos que nosotras podemos, donde estemos, sobrevivir.

Por María Eugenia Ludueña

Para ver imágenes de esta nota: www.lnteve.com

Aunque las personas detenidas estén privadas de su libertad y no de su identidad, sólo se las puede mencionar con nombre y apellido con el consentimiento de ellas y previa autorización del juez que lleva la causa. Los nombres que figuran en esta nota están autorizados y son reales.

Integrar & proyectar

Yo no fui es un proyecto artístico y social que trabaja en las cárceles de mujeres de Buenos Aires, y afuera con las personas que han recuperado la libertad. “Nuestro objetivo es acompañar a las mujeres que están presas en su proceso de «reinserción» brindando un marco de contención y facilitando su salida laboral a través de la capacitación en talleres de producción; promoviendo la autogestión”, explica la coordinadora María Medrano, que junto con Claudia Prado dicta el taller de poesía en la Unidad N° 31 de Ezeiza.

Cuenta con un espacio en la Asamblea de Palermo (Bonpland 1660), donde se realizan talleres de poesía, y también de costura y diseño, encuadernación y serigrafía. Participan mujeres que pasaron por la experiencia de la cárcel, amigos, familiares, o personas que se interesan por el proyecto. “La idea es que sea una experiencia integradora, no sectaria ni cerrada”, aclara Medrano. Todos los talleres son gratuitos y Yo no fui provee el material. La idea a futuro es abrir una tienda comercial donde se vendan las producciones.

La otra pata del proyecto son los talleres y actividades en los penales. Para este año, María Medrano y Claudia Prado planean más talleres: encuadernación, costura y diseño de objetos en tela, serigrafía, fotografía y otro de poesía. Para algunos de ellos cuentan con el apoyo del Centro Cultural de España en Buenos Aires. Y para otros, están en tratativas con el Ministerio de Justicia.

En 2007 Yo no fui organizó un ciclo de cine en la unidad 31, que continuó durante enero, y No me digas que no, uno de recitales en los penales de Ezeiza (Complejo Federal Nº1, Unidad 3 y Unidad 31), que se extiende hasta marzo.

Yo no fui tiene su blog: www.proyectoyonofui.blogspot.com/

* * *

El sol está asomado a mi ventana/ los primeros rayos dan calor
sobre mi cama y la noche se despide./ El viento sopla sobre la ropa
mientras acaricia los pantaloncitos,/ baberos y medias de mi bebé.
Cuando mi niño se despierte/ ropa le pondré.
Mi viejo y preferido vestido gris,/ me acompaña varios años ya te miro por la ventana/ y recuerdo cuántas cosas viví junto a ti;
ahora sólo son recuerdos/ y sombras como las que se forman
en mi pared al amanecer.

Myriam López Pereyra

* * *

Todo parece perfecto
y nada es lo que parece./ Los colores/ permanecen
uniformes en sus cuatro laterales/ a la guarda de que nada
se escape/ impidiendo que todo fluya de su lugar asignado./
Todo se cierne/ al parecer de una clara armonía./ El suelo brilla como un espejo/ en contradicción/ devuelve su imagen difusa.
Intenta evadir/ la clara consigna que dictan las imágenes impresionistas./ Allí, se ve todo tal cual es.
(…) Tan lejos y tan cerca.

Liliana Cabrera

La Patagonia de Celine, La Nación

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Domingo 2 de agosto de 2009.

Fotografía

La Patagonia de Celine

Amante de la naturaleza, se internó en el sur argentino en busca de imágenes para un libro. De su recorrida nada convencional, a pie y a caballo, surgieron estas fotos en las que Celine Frers muestra el lado más salvaje del lugar.

Celine Frers pensaba que la Patagonia era “un campo a la medida de los gringos”. Habrá que contar que Celine pasó parte de su infancia en el litoral correntino. Las vueltas de una vida con varias vueltas llevaron a esta fotógrafa a las entrañas de la Patagonia, a orillas del lago San Martín, al pie del cerro Fitz Roy. A enfrentarse con vientos de 150 kilómetros por hora, a cargar las cámaras en las ancas de un caballo que se enterraba en la nieve y cruzaba con dificultad los ríos correntosos.

Después de pasar dos días de lluvia varada en la estepa cubierta de nieve en un campamento improvisado con sus compañeros de ruta, después de quedarse sin comida, después de días de cabalgatas y caminatas, Celine llegó a una conclusión: “El Sur no es tan distinto del querido Corrientes. La gente y el paisaje son diferentes, pero lo salvaje de la naturaleza, lo solitario de los paisajes, su extensión; el espíritu noble, valiente y rústico de sus pobladores, me recuerdan a Corrientes”.

La infancia de Celine fue verde litoraleña. “Mi abuelo vino de Bélgica después de la guerra, compró campos en Corrientes y se quedó a vivir”, cuenta Celine. Nació en 1982, hija de Celina Moens de Hase Zorraquín (que administra campos de su familia”) y de Ricardo Frers (ingeniero agrónomo), tiene una hermana mayor y otra menor. Vivió en el campo hasta los cuatro años. Cuando su familia se mudó a un departamento en Buenos Aires, Celine se sintió extraña. “Quería ir todo el tiempo a la plaza. «Pero si hoy ya fuiste», decía mamá. La plaza era lo más parecido al campo”, recuerda.

“De chica pasaba los veranos en Corrientes, en el campo. Con mi familia nos íbamos a las playas de Uruguay a pasar las fiestas. Lo que yo más quería era volver para salir a las 5 de la mañana con los peones a arrear vacas por arroyos y esteros. Me asignaban tareas que me enorgullecían, los mejores recuerdos de mi infancia y preadolescencia son de Corrientes. Y algo de todo eso reviví en estos viajes por la Patagonia.”

Celine cursó sus estudios en el Michael Ham de Vicente López -”donde fueron mi abuela y mi tía”-, y conoció la Patagonia esquiando con su familia. A los 16 años compró, por Internet, una cámara usada. Estudió en la Universidad del Cine, en Buenos Aires. Después, en el New York Institute of Photography. Pasó una temporada en las montañas de Colorado (“trabajando como instructora de esquí”) y otra en las playas de Hawaii, donde fue moza en un restaurante. “Mi espíritu es nómada -confiesa-. Compré un pasaje para dar la vuelta al mundo, y anduve por Europa, Australia, Nueva Zelanda…”

De regreso en Buenos Aires retomó un trabajo en publicidad. “La fotografía en ese rubro es algo muy técnico; me divertía mucho, pero los tiempos que se manejan te queman la cabeza”, comenta. Celine quería algo más: “Se me ocurrió hacer un libro sobre Corrientes, una visión puertas adentro de esa provincia que pocos ven”.

Dedicó buena parte del año pasado a ese proyecto. Sacó fotos del verde caimán, del rojo Gauchito Gil, de la Virgen de Itatí, del té, la yerba, el chamamé. Consiguió el apoyo de Turismo de la provincia. Estaba averiguando algo al respecto en una imprenta cuando se encontró con un amigo que le pasó el contacto de una editorial argentina con nombre inglés: South End Publishing.

El libro sobre Corrientes está en imprenta y Celine, inmersa en su nueva fascinación: La Patagonia en imágenes, un libro de South End Publishing a pedido de la empresa Cielos Patagónicos. Del Sur viene y hacia el Sur va. “Se estima que saldrá el año próximo. Es un trabajo para Cielos Patagónicos, una sociedad argentina de desarrollos inmobiliarios y turísticos en la Patagonia sur que tiene como principio rector la conservación de la naturaleza, la historia y la cultura”, explica Celine. Para este trabajo recorrió -y sigue recorriendo- los cerros a lomo de caballo junto con otros socios de la empresa y compañeros de ruta.

“En el primer viaje éramos nueve, en su mayoría personajes muy idealistas. Algunos de ellos, empresarios, dijeron: «Esto no es vida, me voy a vivir al Sur». Cielos Patagónicos es un proyecto en el que creo”, asegura.

Verde estepa, azul cumbre, blanco precipicio. La gira de la que salieron estas imágenes incluyó recorridos por la Estancia El Cóndor exultantes de bosque nativo, a orillas del lago San Martín. También, una cabalgata por la Estancia Menelik, con el cerro San Lorenzo de fondo; y la Veranada de Jones, a la que sólo se accede a caballo o a pie. “Son viajes intensos, llenos de anécdotas y desafíos”, dice Celine, acostumbrada a quedar última en las expediciones, y a perderse entre bosques de lengas y cipreses para congelar ciertos instantes inexplicables.

Por María Eugenia Ludueña
revista@lanacion.com.ar

Más datos: www.celinefrers.com
www.cielospatagonicos.com/
www.southendpublishing.com/

Aldo Sessa, La Nación

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Domingo 30 de agosto de 2009.

Aldo Sessa: mis 50 años con la fotografía

Cincuenta ojos, tres corazones, cinco manos y un radar en la espalda. Es lo mínimo indispensable, el equipaje básico para convertirse en un buen cazador. O en un buen fotógrafo, asegura él, pocos antes de la apertura de una de las muestras más importantes de su trayectoria, Aldo Sessa. 50 años, con la que celebra medio siglo de trabajo detrás de la cámara. A lo largo de la entrevista él no dirá una sola vez “cámara”. Siempre se referirá a la “máquina”. Hablará de cuánto se parece esa máquina a otros instrumentos de trabajo. Y de cómo un fotógrafo se asemeja a alguien que acecha a su presa con todos los sentidos.

La charla con LNR transcurre en un salón de su galería-estudio, en el pasaje Bollini, un viernes ajetreado por los preparativos de la muestra. Una tarde con rastros de apuro y olor a copias frescas. El salón donde conversamos es amplio. Fotos, pruebas de impresión, computadoras, colaboradores, clima fabril. Sessa acomoda su silla junto a la ventana, de espaldas a una estantería repleta de libros. Libros de lomos gruesos que llevan su apellido bien grande, junto a palabras que titulan los temas que ha tocado a lo largo de su trayectoria: Patagonia, Buenos Aires, Teatro Colón, Gauchos, Polo, Argentinos, por citar sólo algunos de los más de 40 libros de Sessa Editores, que fundó en 1976. Esos libros están en más de cien bibliotecas nacionales de diferentes países del mundo. Pero estamos acá con motivo de la muestra -de la que también resultó un libro, Aldo Sessa. Pasión por la imagen- que resume su vida como fotógrafo, sus cincuenta años de fotografía.

-No son 50 años -corrige Sessa.

-¿Cuántos son?

-Son más de 100. A través de la fotografía he vivido muy intensamente. Es una gran exposición: ciento cincuenta fotos que aclaran mi pasado.

-¿Aclaran?

-Sí, digo “aclaran” porque fue difícil hacer una síntesis. He trabajado con muchas temáticas, materiales, formatos. Elegir ciento cincuenta fotografías fue como escoger la prosa de un telegrama; menos que eso. Imaginate: saco unas quinientas fotos por semana.

-¿Las cuenta?

-No. Digo un promedio. Siempre estoy haciendo fotos. Siempre salgo con una cámara. Pero no tengo idea de cuántas hice.

-Siendo tan prolífico su trabajo, ¿cómo fue el proceso de selección para la muestra?

-Quise tomar un camino que mostrara las mejores imágenes del recorrido. Es una síntesis muy subjetiva; creo que las síntesis siempre son positivas. Empezaron a aparecer negativos y fotos con fuerte carga emocional, recuerdos, miles de historias. Me encontré con imágenes que nunca había visto copiadas en el tamaño en que las veo ahora para la muestra. O algunas que no había mostrado, como las polaroids.

-¿Algo que lo sorprendió en esta edición de medio siglo de fotos?

-Me dio mucho placer descubrir desde las primeras fotos hasta hoy una coherencia. En el arte es muy importante hacer las cosas de una manera particular, tratar de dejar una marca de esta forma de pensar y sentir. A eso le llamaría estilo. Y me parece que eso está.

En el principio había una mujer. De espaldas, con un sombrero de paja. Esta es la primera foto que tomó Sessa, a los 17 años. “La saqué en Punta del Este, con una máquina prestada. El negativo lo tenía un amigo mío; me lo regaló. Es una foto que podría haberla sacado ayer.” Tenía 17 años y no era un novato.

Aldo niño asistía con su madre a las clases de escultura de Lucio Fontana. Aplastaba la arcilla entre sus dedos. A los diez empezó a jugar en serio con el dibujo y la pintura en el taller de Marcelo De Ridder. A los doce ya se apersonó con su caballete en la avenida Santa Fe, un Día de la Primavera, y participó del tradicional concurso de pintura. A esa misma edad mostró sus obras junto a una treintena de niñitos pintores en la galería Müller. “En mi casa había muchísimo interés por la pintura y la fotografía. Iba a galerías con mi madre. Cuando llegué a la foto, conocía los aspectos cromáticos, luz, sombra, volumen, composición.” En la patria de su infancia había genes propicios. Su abuelo había fundado, en 1928, los laboratorios fotográficos Alex, que hicieron historia en el cine argentino. Su abuela revelaba fotos. Su padre tenía una imprenta donde Aldo trabajó tres años. “Mi familia fue muy trabajadora, un gran ejemplo. Y la fotografía estuvo delante de mis narices muchos años antes de que sacara fotos. La había postergado porque era tan natural en mi casa…”, dice.

Hizo sus primeras armas en el círculo de los fotoclubes. “Iba a La Boca todos los sábados; me quedaba todo el día. Me encantaba; me sigue encantando. He sido muy feliz siempre con la fotografía. La fotografía me humanizó mucho. La pintura es muy instropectiva. Uno vive en un plano, por ahí se aísla de la realidad. Cuando empecé, sentí que la fotografía me conectaba con el sonido, con la dinámica de la vida”, dice.

Empezó a trabajar como fotógrafo colaborando con La Nacion allá por 1960. Durante varios años, fotografió y pintó. Por entonces decía que la pintura era “mi estado cóncavo”; y la fotografía, “mi estado convexo”. Ahora cree que la pintura es una batalla campal y que la fotografía da más satisfacciones. La luz, la sombra; todo se fabrica muy rápido.

-¿Qué es la fotografía para usted?

-Es la profunda observación y, en general, una realidad dibujada. Cuando salgo, voy mirando lo que tengo a un metro, a diez metros. Miradas rápidas; todo lo que puedo abarcar. Trato de tener mi cámara siempre preparada. Y si cambio de vereda, o camino por la sombra, coloco la exposición adecuada aunque aún no haya elegido qué fotografiar. Voy preparado, y si cruzo al sol sé que diafragma tengo.

-¿Va por la vida va con la cámara a cuestas?

-Sí. Casi siempre me cuelgo al cuello una Leica con blanco y negro. Tengo varias, las colecciono. Su sonido es para mí como una nota de Beethoven. Con esa máquina naufragaría en una isla. Es muy silenciosa, la usé mucho en el Teatro Colón. Pasás inadvertido. Incluso me he olvidado una Leica en un bar y me la han devuelto. Es tan simple, tan poca cosa. Liviana: es importante tener un equipo muy liviano.

Ha cruzado varias veces el puente entre la fotografía y la literatura. En 1976, Aldo Sessa hizo su primer libro con Borges, Cosmogonías.

-Borges era absolutamente genial, como Ray Bradbury. He tenido la suerte de trabajar con personalidades muy interesantes, que me marcaron mucho. En el caso de Bradbury, tiene una gran calidez, casi como un pastor, cariñoso, cálido. Muy buen amigo. Muy libre. Cree mucho en la suma, en la potenciación de las personalidades; no le interesa si el libro es literatura o fotografía, dónde empieza una cosa o termina la otra. Es de una gran generosidad.

Una de sus fotos preferidas es la que hizo para la tapa del libro con Bradbury Sesiones en fantasmas. En tanto, Bradbury escribió sobre las fotos de su amigo: “Lo que hace una buena fotografía es captar lo que está allí, pero parte de su calidad consiste en que también lo haga con lo que no está. Más que delinear, sugiere. Es una sesión de espiritismo dentro del cuarto oscuro, donde lo que no se ve se levanta de la muerte”.

Sessa también trabajó con las hermanas Victoria y Silvina Ocampo.

-Ellas me transmitieron su amor por el mundo vegetal. Eran unas enamoradas de los árboles y de las flores. Me compenetré con esa visión que tenían, tan acabada. Silvina era increíble: me enseñó a ver los árboles de una manera diferente. Hicimos juntos un libro, Arboles de Buenos Aires.

También rescata el impacto que tuvieron sobre su mirada Manuel Mujica Lainez -con quien hizo varios libros- y el arquitecto José María Peña. Algunas de estas fotos que cruzan hacia la literatura también forman parte de la muestra.

-¿Qué quiere capturar al hacer clic?

-Siempre estoy buscando una gran foto. Yo les digo a los chicos: traten de hacer dos fotos buenas por año. En 20 años tendrán 40 fotos; no está mal.

Habla como si nunca terminara de aprender qué pasa con la luz. Y se entusiasma contando cómo el azar de lo que encuentra en la calle se incorpora a sus fotos. Vidrios, piedras, flores, perlas, tules. Una copa rota, un reflejo sobre la vía, el cielo en un charco. Cosas de un minuto.

-¿Qué cambió con la Web?

-Lo que está cambiando es el modo de circulación de las fotos. Eso atenta en cierta medida contra el registro fotográfico. Nos estamos perdiendo muchas buenas fotos porque cada vez se hacen menos copias. Las imágenes hacen su circuito por Internet, van de teléfono a teléfono, o mueren en un mail. Con las cámaras digitales, al común de la gente le resulta difícil ordenar un archivo. Se pierden materiales que iconográficamente pueden ser importantes.

-¿También en familia saca fotos?

-¡Miles! Me critican mucho (se ríe). Dicen que no las ven nunca. No puedo copiar todo lo que saco. Pero a mis nietos los fotografío bastante. Todo el tiempo estoy viendo acá y allá. Tengo un gran sentido de la luz. La respiro. Si estoy en un lugar con una luz maravillosa, puedo vivir con los ojos de lo que veo, no necesito nada más. Vivo intensamente la luz, las formas, los volúmenes. Si tengo una gran escena adelante y no llevo la máquina encima, anoto en mi cuaderno la hora y el lugar, y vuelvo otro día a sacarla.

-¿Es así en otros planos de su vida?

-Es que vivo en ese plano. Es una obsesión. Y quiero destacar que en esto mi familia ha sido muy importante. Es un trabajo en el que tenés que tener mucha libertad. Mi esposa es una gran compañera de viaje, capaz de estar en el auto desde el amanecer hasta las doce de la noche. Mis tres hijos también. La menor, Carolina, es diseñadora grafica: ella ha diseñado los libros. Luis se ocupa de la editorial; descanso mucho en él y en mis valiosos colaboradores.

-¿Qué proyectos le quitan el sueño?

-Tengo ganas de agarrar una máquina e irme unos días al Valle de la Luna. Jugar más. Ese tipo de cosas. Con el tiempo, el mundo se agranda y la visión se comprime. Pero también, como con la muestra, se hace una síntesis. Hoy quiero tener mi agenda lo más libre posible para disponer del tiempo necesario y sacar más fotos.

Por María Eugenia Ludueña

Consejos de experto

-¿Qué es importante para ser buen fotógrafo?

-Usar un equipo simple y confiable. Arreglarse con pocos elementos.

-¿Las lentes son fundamentales?

-No es necesario usar muchas lentes. Casi siempre me arreglo con una. Veo a mucha gente con una gran foto adelante, pero tan ocupada en hacer funcionar la maquinaria o en mirar el visor, que se pierde la foto.

-¿Alguna fórmula propia para compartir?

-Muchos están más preocupados por la tecnología que por mirar y cazar. Y en esto hay que ir sobre la presa, preconcebir un ángulo, atacar por ahí. Seguir la teoría del opuesto: girar alrededor con los sentidos geográficos y ver desde todos los ángulos.

-¿Qué relevancia tiene la luz natural?

-Hay que trabajar con la luz hasta el momento en que uno crea que ha podido agotar todo el juego, todo lo que una situación pueda dar. Y no dejar nunca de sacar fotos. La fotografía es aprender a mirar. Todo tiene un momento.

-¿Las nuevas tecnologías ayudan o quitan la magia?

-Creo que el universo de lo digital es una maravilla y ha logrado unos avances increíbles. Hay copias perfectas hechas de manera industrial, aunque las artesanales conservan el encanto del laboratorio.

La muestra

  • La exposición Aldo Sessa. Pasión por la imagen podrá verse desde el 1° de septiembre hasta el 1° de octubre en la Sala Cronopios del Centro Cultural Recoleta, Junín 1930. Cuenta con el auspicio de HP (que imprimió el 95% de las fotos con Designjet Z3200), y de BMW, Omint, Norton, Getty Images. Apoyan la muestra La Nacion, Telefé y Fundación Leer.
  • También se inauguró recientemente la primera instalación fotográfica en el subte, en la estación Juramento de la línea D. La pieza, de Aldo Sessa, es Tango. Serie del baile.

Ejercer un derecho, La Nación

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Domingo 13 de setiembre de 2009.

Sociedad

Ejercer un derecho

El problema habitacional es uno de los grandes asuntos pendientes del planeta. Ronald Terwilliger, filántropo y presidente de la ONG Hábitat para la Humanidad, es un experto en el tema. Estuvo en el país, y aseguró que es posible construir viviendas dignas para todos.

Brilla el sol. Y J. Ronald Terwilliger brilla este mediodía en el asentamiento 22 de Enero, en La Matanza. Camina y sonríe. Brilla su rostro color crema, y en sus mejillas recién llegadas se dibujan manchas rojas. Los zapatos de cuero muerden la tierra opaca, ajada, las calles sin nombre. Ron Terwilliger aterrizó hace minutos en el aeropuerto de Ezeiza. Sin escalas, vino directo al barrio pobre. Y lo que ven sus ojos azules es una hilera de casas sin revoque, alambrados, cacharros, sillas viejas, gallinas, perros. Niños que juegan con palanganas de agua. Un grupo de gente con remeras azules que dicen Hábitat para la Humanidad. Hábitat es una ONG que busca desterrar del planeta las viviendas deplorables. Terwilliger es, entre otras cosas, su presidente. La organización fue fundada en 1976 por un matrimonio de jóvenes de Georgia (Estados Unidos), Millard y Linda Fuller. Antes de cumplir 30 años, los Fuller habían amasado su primer millón de dólares. Un día decidieron cambiar de vida, practicar los preceptos cristianos. Predicar por el mundo la idea de que todos deberíamos vivir en un techo decente. Así nació Hábitat, para ayudar a construir casas sencillas y dignas. Muchas de las 2500 familias de este asentamiento tienen serios problemas para lograr ese objetivo. O lo han tenido. Por eso, entre quienes reciben al señor Terwilliger hay una decena de personas del barrio. Con impecables delantales y gorros de cocinero, ofrecen a Terwilliger empanadas de carne, sopa paraguaya y chipá cocinados en el horno solar del emprendimiento local Sol de Pan.

Así comenzó la gira que trajo al país al señor Terwilliger. A 24 kilómetros de la Capital, en el conurbano profundo. El 22 de Enero es un barrio de albañiles, zapateros, mujeres que hacen ingeniería en transporte para llegar a sus trabajos de empleadas domésticas. Déficit sanitario, viviendas precarias, basura. El señor Terwilliger reluce en este escenario, no sólo por estar en el vértice opuesto de la pirámide social. Actúa con la certeza de los que creen en algo.

Mira las empanadas con ganas y dice que va a probar un poco de todo. Bebe gaseosa, habla con los cocineros del proyecto comunitario de Fundación Concordia, pregunta por el horno solar, cuánto costó. Ana Cutts, directora nacional de Hábitat, oficia de traductora. A quien le pregunte qué lo trae por acá, Terwilliger dirá con naturalidad: “Los Objetivos del Milenio”. Su trabajo hoy tiene que ver con una de las metas de Naciones Unidas: “Mejorar para 2020 la vida de por lo menos 1200 millones de habitantes de barrios marginales”. En ningún momento el señor Terwilliger dejará de sonreír con sus labios finitos, ni de preguntar por detalles del barrio, como, por ejemplo, si tienen agua potable (a lo que le responderán: “Algunos”). En ningún momento los presentes dejaremos de pensar qué hace este hombre acá. Cómo llegó a ser quien es.

Millonario y filántropo

Ronald Terwilliger vive un poco en Long Island y otro poco en Atlanta, tiene 67 años, una esposa en segundas nupcias llamada Fran, dos hijas, cuatro nietos, y fama de ser uno de los hombres de negocios con más peso en la construcción norteamericana. Multimillonario. Filántropo. Durante 30 años dirigió la compañía número uno de desarrollo inmobiliario multifamiliar en los Estados Unidos. Desde 2008 está en el Hall de la Fama de la Asociación Nacional de Constructores de su país. En junio último, este señor que agradece el almuerzo y empieza la caminata bajo el sol fue declarado Persona del Año por el Consejo Nacional de la Vivienda de Estados Unidos.

El joven Ron se graduó con honores en la Academia Naval clase 1963, jugó al béisbol, al básquet, y sirvió cinco años en la marina. Hizo un MBA en la Escuela de Negocios de Harvard y logró la distinción académica más alta. La mayoría de los premios que llegaron después son fruto de su rol como CEO de Tram­mell Crow Residential (TCR), el mayor desarrollador de departamentos y condominios estadounidense. También colaboró en planes de vivienda con Shirley Franklin, alcaldesa de Atlanta, donde TCR tiene sus oficinas centrales. Entre 1999 y 2001 dirigió el Urban Land Institute (ULI), del que aún participa. Ha aportado varios millones de dólares a esta y a otras oficinas que se ocupan del tema. Desde 2000 integra el consejo directivo de Hábitat para la Humanidad Internacional. Hace un año fue elegido presidente del consejo, la posición más alta de esta ONG cristiana, no confesional, que trabaja en 100 países con 500.000 voluntarios.

Familias trabajando

La familia de Rita es una de las 150 que en nuestro país mejoraron su hogar con ayuda de Hábitat. Ella fue la primera vecina que contó con un crédito en el barrio. Por eso, el señor Terwilliger y la comitiva se detienen frente a esta casa de ladrillos a la vista en una calle sin nombre, manzana 16, casa 4. Se acercan varios perros ladrando. “Hi, doggies”, dice el magnate de la construcción. Alguien susurra que le dan miedo los perros.

En su casa, Rita le cuenta que llegó al barrio hace tres años; vivía en un galpón de dos por dos. Su hijito tenía un problema de salud y se quedó a vivir acá para que pudieran tratarlo en el hospital Garrahan. “Con el crédito de Hábitat terminamos el techo, y pusimos las ventanas y las puertas.”

-¿Quién hizo el trabajo?, pregunta Terwilliger.

-La familia, mi marido. Está trabajando en una marroquinería en Lugano -responde ella.

-¿Usted se dedica a la panadería? -pregunta él.

Rita asiente. Colabora con la ecopanadería comunitaria que coordina la Fundación Concordia, otra organización que trabaja en el barrio, en red con Caritas y Hábitat. Sus dos hijos merodean. En el centro del comedor hay un mapa de la Argentina y un almanaque con la figura de San Cayetano. Al salir, Terwilliger pregunta a los voluntarios.

-¿El terreno es de ellos?

-Sí. Tienen un papel.

El líder de la construcción piensa que “la tenencia segura, esa libertad que damos por sentada, el derecho a vivir sin miedo a ser expulsado de tu casa el día de mañana, es necesaria para aliviar la miseria de 1600 millones de personas que viven en viviendas deficientes en el mundo”.

Mientras caminamos hacia otras casas, los voluntarios y los directivos locales rodean al presidente. Está Torre Nelson, vicepresidente de Hábitat en América latina y Caribe; Bryan Miller, que se ocupa de las campañas para conseguir fondos; Ariel Sosa, Adriana Pérsico, Diego Reynoso, María Magno y Johan Torroledo, de Hábitat Argentina; Leonor y Carlos Castro, de la Fundación Concordia. Diego explica que los créditos de este programa, Mejoras Progresivas, son de hasta 4000 pesos, y para devolver en tres años. No se cobra interés, sino una cuota escalonada. Cuanto más rápido se devuelve, menos se paga. Los fondos salen de la oficina nacional. Algunos vecinos tienen en trámite subsidios del Plan Federal de Vivienda, pero la cosa demora. De fondo suenan la cumbia y el chamamé.

En cada hogar, Terwilliger saluda, recorre, mira, escucha, pregunta. El de Blanca y Humberto es un ambiente que funciona como taller y dormitorio. De un lado, la cama doble; en un rincón, la heladera, y en el breve espacio restante, las máquinas de coser.

-Teníamos letrina. Nuestra mejora es el baño, dice Humberto, con todo el orgullo parado en el único centímetro de suelo libre.

Terwilliger le pregunta de qué viven.

-Trabajos de costura -explica Humberto, además colaborador de Sol de Pan.

Cosen pantalones de campo. Se venden en La Salada a 60 pesos cada uno, y reciben 4 pesos por unidad.

-¿Cuántos hacen en una hora?, quiere saber el presidente de Hábitat.

-Como mucho, tres pantalones entre dos personas.

La recorrida termina en casa de Viviana, que se ha quitado el atuendo de cocinera. Terwilliger observa los dos dormitorios.

-La mejora son los techos y el revoque de paredes. Tengo cinco hijos. Mi marido es chofer de una empresa de camiones. Yo trabajo en casas de familia ?dice ella y ofrece jugo.

Terwilliger se sienta, conversa. Siempre estuvo convencido de algo: “Comida, ropa y techo son un derecho de todos los ciudadanos. En algunos países creen que este derecho es responsabilidad del gobierno. No conozco un gobierno con semejante compromiso con el tema ni con tantos recursos para hacerlo”.

-¿Hacia dónde va la crisis habitacional en el mundo?

-Está cada vez peor. Cada vez más gente tiene problemas para acceder a una vivienda. Desde 2008, más de la mitad de la población humana vive en zonas urbanas. En mi vida tuve oportunidad de ver el rol crucial que juega una vivienda digna en la vida de las personas, especialmente en la de los más pobres. Hay que dar esa oportunidad para acceder a una casa, pequeña pero con servicios básicos. Lo importante es esa primera chance. Si a una persona pobre le das la oportunidad, el esfuerzo lo hace. La prueba es que todas las familias pagan la cuota y están devolviendo los créditos. No es que no puedan.

-¿Cuál sería el primer paso para encontrar una solución?

-Lo primero es reconocer que hay un problema. No podemos esperar que el gobierno ni determinado sector pongan todo el capital. Los que fuimos afortunados tenemos la responsabilidad de ayudar.

-¿Usted vino a pedirles a los empresarios argentinos que colaboren con esta causa?

-Sí, hay que probar, hay que pedir. Lo importante es plantear esta experiencia, ver que otra persona lo hace puede funcionar como un ejemplo de confianza. He donado 15 millones de dólares a esta causa.

-¿Por dónde pasa la solución?

-Mi creencia es que las organizaciones de la sociedad civil y las corporaciones pueden ayudar. Todos pueden aportar al problema, pero está claro que sin la colaboración del gobierno no se puede.

-¿Por qué elige militar desde una ONG?

-Porque las organizaciones necesitan voluntarios como yo. El gobierno tiene la plata, pero nosotros tenemos la experiencia y el éxito en el sector. La credibilidad pasa por ahí.

-¿Qué saca de estas recorridas?

-Aprendo mucho; por ejemplo, que Hábitat debe ser flexible. Las culturas son muy diversas; hay que ser muy innovador para saber cómo ayudar a una familia. Cada ser humano debe tener la oportunidad de mejorar.

-¿Por qué hace esto?

-Porque quiero influir sobre el tema. En los últimos años hice planes para ayudar a subir a los que no tuvieron tanta suerte como yo. Hay un versículo bíblico que lo dice claro: “A aquel a quien se haya dado mucho, mucho se le demandará. Al que mucho se le haya confiado, más se le pedirá”.

Por María Eugenia Ludueña

Más datos: www.hpha.org.ar

Hábitat en la Argentina

Hábitat para la Humanidad Internacional es una organización cristiana, ecuménica, que desde 1976 trabaja en más de cien países con la idea de que todos tenemos derecho a una vivienda digna. Lleva construidas 300.000 casas y ha provisto de un hogar digno a más de 900.000 personas.

“Hay que hacer mucho más que casas: hay que buscar hacer comunidad”, explican los voluntarios locales. Desde 2002, la organización tiene su oficina Hábitat para la Humanidad Argentina. Desarrolla proyectos en las provincias de Buenos Aires y de Santa Fe, y en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Funciona con donaciones y voluntarios. Cobra a las familias que ayuda las cuotas de una hipoteca. Este pago pasa a engrosar un fondo rotativo con el que se construyen más casas. Realiza sus proyectos con recursos propios del programa nacional y busca el apoyo de empresas, donantes, fundaciones y gobiernos que le permita lograr la concreción de 750 soluciones habitacionales hasta 2012.

Para hacerlo desarrolla diferentes proyectos.

  • Alquileres tutelados: un programa que genera lazos entre los propietarios de viviendas en desuso y familias que viven en hoteles. Hábitat se ofrece como garantía financiera y otorga microcréditos para que las familias que viven en pensiones puedan acceder a un alquiler formal.
  • Reciclando hogares: existen 87.000 familias en la ciudad de Buenos Aires y 100.000 propiedades deshabitadas. Hábitat ha diseñado un proyecto para que esas propiedades pueden reciclarse y recuperarse en valor. Ya lo hizo con un edificio emblemático en el barrio de La Boca.
  • Mejoras progresivas: Hábitat buscó alianzas con organizaciones que trabajan en barrios precarios. Así, se conectó con la Fundación Concordia y con Caritas en el Asentamiento 22 de Enero. Y se acercó al barrio a través de talleres comunitarios de vivienda y desarrollo sustentable.
  • Esfuerzos compartidos: también realiza trabajo de cooperación con los planes de vivienda encarados desde el Estado.

Muestra en La Boca

Hábitat para la Humanidad Argentina (HPHA) realiza una muestra en un conventillo en desuso de La Boca; el objetivo es concientizar a los visitantes sobre el problema habitacional de la Ciudad de Buenos Aires y animarlos a que se sumen a ser parte de la solución. HPHA adquirió el conventillo con el fin de transformarlo en un edificio sencillo, seguro y económico para ofrecer los departamentos a familias de bajos recursos mediante alquileres.
Más datos: eventos@hpha.org.ar

Madres lesbianas, Suplemento Soy, Página/12

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Viernes, 13 de noviembre de 2009

El futuro ya llegó

La brutal indiferencia con que se clausuró la discusión en ámbitos parlamentarios sobre la modificación del Código Civil para habilitar el matrimonio a parejas de cualquier sexo deja sin protección a niños y niñas que nacen y crecen en familias con dos mamás o dos papás. Una realidad cotidiana que pelea por su reconocimiento, pero que no espera. Estas familias que ignoró el Congreso no son futuro sino un presente real y concreto.

Por Maru Ludueña

Van en el auto. Los dedos de Paula tiemblan contra el frasquito de plástico. Ahí viaja el semen de un amigo que acaba de donar sus gametas. El tipo tiene tres hijas, no espera de ese acto más que ayudar a sus amigas, Paula y Ana, desde la genética. Nada que se parezca a ejercer la paternidad. “Hay que mantener la temperatura adecuada”, advierte Ana al volante. Sabe de qué habla, es bioquímica. Suben las escaleras del PH en el barrio de Flores, directo al dormitorio. Paula agarra la jeringa y cuando va a depositarla ahí donde se debe para desatar un maratón al óvulo de Ana, el contenido sale disparado. Hace falta otro día, otra vez, el frasquito en el auto. Cuando llegan a casa, Ana dice: “Amor, vos pedí las empanadas, yo me ocupo. Hace años que manejo jeringas en el laburo”. Ocho años después, Paula y Ana cuentan a otras mujeres: así concibieron a su hijo P.

Es un sábado al mediodía. El PH con quincho y terraza, hogar de Paula, Ana y P, recibe a madres lesbianas y retoños deseados entre dos mujeres. Las anfitrionas dicen que el último Día de la Madre, P se quejó. Ese domingo bostezó, frunció su nariz de principito, dijo: “¡Uf!, me hicieron trabajar el doble”, y entregó dos tarjetas hechas en la escuela con dibujos de “Feliz Día”. Mamá Paula y Mamá Ana. Así las llama y las dibuja P, una de cada mano. De un lado Paula –flaca, alta, rulos– del otro Ana –flaca, alta, pelo lacio–.

Suena el timbre y el autor de esos dibujos –un niño de cabellos castaños y ojos ámbar, gorro con visera, remera de superhéroe– empuña una espada de plástico y corre a la puerta. Llega su amigo Tato, ojos dulces. Detrás de Tato, su familia. Mamá Roma con Tinchi –el hermanito menor– en brazos y Triana. Además de la edad, P y Tato comparten su amor por egipcios y piratas, entre asados. Los chicos se conocieron hace dos años, cuando empezaron estos encuentros. Tato iba al jardín. Una tarde de esa época, miró expectante a Roma y a Triana. Avisó:

–No voy a decir en el jardín que tengo dos mamás porque se van a burlar.

–¿Quién se va a burlar? Decí lo que quieras, hijo –espetaron ellas.

–No sé. Hay chicos que tienen sólo una mamá. Otros sólo papá.

–Tato, hay otras familias como las nuestras.

–¿De verdad, mami? ¿Las conocen?

–Sí, mi amor, hay una familia con mellis de un año, otra de una nena de un añito, otra de una nena de cinco. Bebés que nacieron hace poco.

–¿Todos hijos sólo con mamás?

–Sí, con dos mamás.

–¿El día que fuimos a una casa con terraza los chicos eran todos de dos mamás?

–Sí.

–¡Vamos! Quiero jugar con ellos.

Tato se hizo amigo de P. Tato y su familia son celebrities en la web. Roma –36 años, hace 10 con Triana– cuenta sus avatares en Mamis por dos, uno de los tantos blogs que crecen como sitios de encuentro y visibilización. Su historia se convirtió en el libro del mismo nombre (Dunken), escrito por una amiga y psicóloga –Romina Reinaudo– que tomó nota de sus testimonios.

“Nos reunimos una o dos veces por mes con otras madres lesbianas con hijos. Es importante que se conozcan, jueguen, vean que hay otras familias como la nuestra”, dice Roma. “Que sepan que no están solos en el mundo con esa particularidad”, agrega Ana, la mamá de P. Esa particularidad acumula anécdotas.

Salita de cinco. Un día, P informa a un amigo: “Hoy me busca mi mamá”. En la puerta del jardín aparece mamá Paula, ella no lo va a buscar casi nunca porque es docente. A la salida, el amigo ve a Paula recibiendo a P. “¿No me dijiste que venía tu mamá?” “Claro, lo que no te dije es cuál de mis dos mamás venía”, se ríe P.

Dos años después: van en el auto P y mamá Ana, un compañerito de grado y su padre. El compañero sugiere: “Te cambio a mi papá por una de tus mamás”. P no contesta. En su casa, serio, advierte: “Lo del cambio no va a poder ser. No podría elegir con cuál de las dos quedarme”.

¿Cuántos son los hijos e hijas que crecen en familias con madres y/o padres del mismo sexo? Nadie los ha contado, es un dato. “Creemos que en la provincia de Buenos Aires son entre 5 mil y 7 mil chicas y chicos”, dice Karina Duranti, abogada. Karina integra Familias Homoparentales Argentinas (FHoA). “Los hijos más grandes tienen entre 12 y 14 años. Los primeros fueron concebidos en los ’90, al difundirse los bancos de semen. En cambio, en la mayoría de las familias compuestas por varones, provienen de la adopción de uno de los progenitores –dice–. Pero de esto casi no se habla.”

La suerte de los gaybies

En los Estados Unidos, hace rato que rubricaron el fenómeno: Gayby Boom. Al gayby boom lo impulsan los gaybies, nacidos en uniones de lesbianas o gays. El Instituto Williams, que promueve pensamiento crítico sobre orientación sexual en la Escuela de Leyes de la Universidad de California, estima que de las 594.391 personas identificadas como parte de la comunidad Glttbi, el 20 por ciento cría hijos menores de 18 años. Diez millones de personas en el mundo tienen al menos una madre lesbiana, un padre gay o bisexual o transgénero, estima Children of Lesbians and Gays Everywhere (Colage) y deduce que hay millones de chicos en familias de Glttbi. Pero sólo un puñado de países reconoce los derechos de estos niños a tener padres y madres, los que aceptan el matrimonio para todos: Canadá (reconoce los derechos de niños con dos madres y un padre), Holanda, Bélgica, España, Suecia, Noruega, Sudáfrica y seis estados de EE.UU.

La suerte de las argentinas y los argentinitos que este sábado van a comerse un rico asado en una terraza del barrio de Flores se debatió por primera vez en el Congreso. La suerte jurídica de P, Tato, Tinchi y de tantos niños y familias depende, en gran medida, de cómo se posicionen los legisladores frente a los proyectos presentados por Vilma Ibarra y Silvia Augsburger para modificar el Código Civil y habilitar el matrimonio sin limitación de sexos.

“La mitad de los derechos civiles de niñas y niños que viven en familias con padres del mismo sexo están vulnerados. De cambiarse la ley de Matrimonio, no genera ni crea nuevas familias: las familias ya existen. Lo único que hace la ley es regularizar los derechos de esas hijas e hijos”, dice María Rachid, presidenta de la Federación Argentina de Lesbianas, Gays, Bisexuales y Trans (Falgbt), junto con la Comunidad Homosexual Argentina (CHA), una de las impulsoras del proyecto. En estos días, abogados de la Falgbt presentarán un recurso de amparo por los derechos de una hija de siete años de madres lesbianas, a fin de que goce de todos los derechos: posibilidad de compartir con ambas madres obra social, pensión y herencia.

“No es decente que el Estado deba preguntar a una pareja a nombre de quién debe anotar a un hijo o hija adoptado, porque no se permite la coadopción. O destinarlo a la indignidad de ser el hijo clandestino de sus padres o madres. Señoras diputadas, señores diputados: al no haber Derecho, no hay decencia”, dijo César Cigliutti la semana pasada frente a los legisladores.

La historia de Ana y Marcela, y de Sofía –dos años–, es un catálogo de algunas indecencias. Tras cinco inseminaciones y un embarazo trunco, nació Sofi. “Sólo pude tomarme el día del parto. Mi familia es otro tema difícil, no lo termina de aceptar”, dice Marcela. Cuando decidieron que Sofía fuera a un jardín maternal, hablaron con la directora, describiendo a su familia. Cuando decidieron bautizar a Sofía, también se lo explicaron al cura. “En la casa de Dios no se discrimina”, respondió el sacerdote y dibujó la señal de la cruz en la frente de la beba.

La vulnerabilidad asomó en imprevistos. Un domingo, nueve de la noche. Sofi tiene seis meses y vuelven a casa en auto. Alguien cruza el semáforo en rojo, las choca. Ana tiene que contar qué pasó a la policía, ir a la comisaría. Un médico carga a Sofi en la ambulancia. Marcela quiere acompañarla, pero debe bajarse: no es la madre legal. “Estábamos en shock y nuestra hija no tenía derecho a ir con una de sus madres al hospital, es un estado de vulnerabilidad total”, dice Ana. Tiempo después ella debió operarse en la clínica Mater Dei. “Por las dudas, dejé un papel con mi última voluntad: que Sofi viviera con Marcela.” Ese testamento de Ana expresaba de puño y letra el peor fantasma. Si a la madre biológica le pasa algo, que la hija o el hijo crezca con su otra madre depende de la buena o mala onda de los abuelos “legales”. Al no haber padre, la tutela pasa a la familia materna. En algunos casos, la misma que se opuso a la pareja o no aceptó de buen talante que dos mujeres criaran a una niña. Ana salió bien de la operación. En la clínica, Marcela la pasó mal. “No me daban los informes de mi pareja, ni podía quedarme. El único interlocutor para el Mater Dei era el padre de Ana”, cuenta Marcela.

Ana y Marcela están separadas. “Veo a mi hija tres veces por semana, sábados y domingos. Seguir el vínculo depende de la voluntad de Ana. Si el día de mañana a ella se le ocurre irse, no puedo hacer nada”, explica Marcela. “Mientras las familias homoparentales no accedan a la ley de matrimonio, no hay legislación respecto de sus hijos. Son inscriptos como hijos de madres solteras. Quedan expuestos, entre otras cosas, a un juicio de filiación. La madre no gestante no tiene derechos”, dice Duranti. Y acto seguido enumera. En el parto, la presencia de la no gestante depende de su relación con el médico. En general, no puede darle su obra social, ni legar bienes al hijo. Si él se enferma, no puede faltar al trabajo. En la escuela necesita firmar una autorización para retirarlo. Tras una separación, una puede negarle a la otra el derecho a ver a su hija. Y la otra puede negarse a pasarle alimentos. No tienen acceso a la Justicia. “Ante la eventualidad de que le pase algo, debe recurrir a un escribano que haga una tutela testamentaria. Es un paliativo, pero nunca está la seguridad de que se respete a la otra madre. Menos si hay oposición.”

Lo dijo Barack Obama el Día de la Familia: “Si los niños son criados por ambos padres, abuelos, una pareja del mismo sexo o alguien que lo cuide con amor, le permitirá lograr grandes cosas”. En octubre hubo una marcha al Capitolio pidiendo al presidente que cumpliera su promesa de no discriminarlos. Al final, el censo 2010 estadounidense no incluirá el conteo de uniones del mismo sexo, como se había anunciado. El coming out demográfico de las familias estadounidenses Glttbi deberá esperar a 2020. El coming out cultural es más veloz. En el camino recorrido asoma una obra vasta cuyo eje son estas familias y su foco, los hijos. Entre los más resonantes está el documental catalán Homo Baby Boom, de la Associació de Famílies Lesbianes i Gais, y Queer Spawn. Ambos de Anna Boluda, registran lo cotidiano, recorren escuelas y festivales con el lema: “Que no lo dude nadie: es el amor el que crea una familia”.

El amor crea y cría

En este asado no hay mujeres confinadas a preparar ensaladas. Hay unas que aprontan la picada, un par enciende el fuego, otra no tiene la menor idea de cómo se prepara la rúcula, otra dotada de paciencia pasa filtro solar a los niñitos. Cuatro familias y ocho madres comparten en vivo muchos interrogantes de maternar. Están Ana y Paula, Roma y Triana, Marcela y Ana, Paloma y Alma. Participan de la Federación Argentina de Familias Homoparentales Integradas Argentinas (FHoIAr), a la que se sumaron familias de Uruguay y Chile. “No tenemos recetas.” Se hicieron amigas en estos encuentros.

–¿Recurrieron a un donante conocido? –se asombra con acento mexicano Paloma, ante el caso de Paula y Ana. Paloma vive en la Argentina porque Alma, con quien tiene una hijita que aprende a caminar –Emilia–, fue trasladada a Buenos Aires como ejecutiva de una multinacional.

–No me arrepiento –dice Paula. Somos claras con P. El sabe quién donó la semilla y no asocia donante con paternidad.

–Antes de conocer a Alma en México, yo pensaba en tener una hija con dos mamás y dos papás gays. Uno de mis amigos había aceptado. Al conocer a Alma, cambié. “Si le pones un papá, yo quedo afuera”, planteó.

Al día siguiente a su paso por la ley de Convivencia –equivalente a la Unión Civil–, Paloma y Alma tuvieron que decidir entre los dos únicos donantes disponibles ese día. “Era el semen de un abuelito diabético o el de un chaval de 18 años, delgado y de tez clara. Fuimos por el del chaval. Todos los días Alma me acariciaba la panza: ‘Por favor bebé, sal a tu mamá’, decía.” Emilia tiene los ojos enormes y celestes de Paloma, la misma cara.

–Emi nació prematura. Esa fue nuestra primera experiencia en el mundo como dos mamás –cuenta Alma, elegante y discreta, mientras los niñitos dan cuenta de los primeros choripanes.

–Fue un parto complicado. Casi me quitan el útero. Estaba muy mal y Emi en terapia intensiva. A Alma no la dejaban entrar a verla. Fue un escándalo. El jefe del servicio dio una orden para que le permitieran entrar. Si tú te discriminas, ellos te discriminan –asegura Paloma–. Venir acá fue pelear que en la empresa donde trabaja Alma nos reconozcan como familia. Y lo logramos. Aunque en la Argentina el Ministerio de Relaciones Exteriores no nos reconoce, porque la Unión Civil no es nacional.

–Nosotras tenemos la Unión Civil. Con los hijos es un engaña-pichanga –dice Ana.

–Vinimos por el trabajo de Alma. En una relación heterosexual, la esposa tiene la visa. Yo no, soy turista. La peleamos, hemos logrado mucho. Nos mudamos de país como familia. Y estamos acá, con ustedes. Nos sentimos en casa.

Maternidad lesbiana, experiencia abierta

Vericuetos legales, tácticas, métodos, consejos. Con la experiencia forjada, el grupo Lesmadres armó un cuadernillo con el ABC para mujeres que aman a mujeres y desean un hijo. “Maternidades lésbicas. Algunas preguntas básicas” está libre de copyright en la web. “Reunimos información, experiencias y puntos de vista propios, lo que hubiéramos deseado tener al emprender este camino. Nos surge la necesidad de tener información sobre las tecnologías reproductivas y aspectos legales, pero también la palabra de otras y el pensar juntas sobre ciertos temores que a veces se convierten en obstáculos”, dicen las autoras. Lo dedican a sus hijas e hijos: Ana, Juan, Juan, Ludmi, Luna, Simón y Túpac.

El cuadernillo plantea preguntas y respuestas, algo más extensas que éstas. ¿Qué pasa si no hay padre? “Ser madre o padre no es un hecho biológico sino un hecho social, un proyecto vital originado en el deseo y el compromiso.” ¿Puede afectar a nuestr@s hij@s tener dos madres lesbianas? “Sí, por supuesto, de la misma manera que afecta tener padres y madres heterosexuales, judíos, inmigrantes, analfabetos.” ¿Cómo es una inseminación con un donante anónimo? “Sólo se pueden solicitar características generales como color de ojos, de pelo, contextura física y no hay diversidad étnica.” ¿Qué se tiene en cuenta para una inseminación con donante conocido? “La madre no gestante no tiene reconocimiento legal y su situación podría ser aun más precaria.” ¿Qué tenemos que tener en cuenta para adoptar? “No es posible la adopción conjunta.” También incluye un listado de ventajas y desventajas –respetables, discutibles– de los diferentes métodos para embarazarse. ¿Qué queremos para el futuro? “El reconocimiento pleno de los derechos de nuestr@s niñ@s, así como el de tod@s l@s niñ@s en el marco de la Convención Internacional de los Derechos de l@s Niñ@s y de la Ley Nacional Nº 26.061, el reconocimiento de nuestros derechos como lesbianas, el respeto por las diversidades y una sociedad más justa para todos sin violencias y sin exclusiones.” En la CHA también funcionan grupos de contención y orientación, donde familias homoparentales intercambian experiencias sobre el abordaje en colegios, clubes y centros de salud.

¿Qué pasa si no hay padre?

Una de las preguntas del cuadernillo de Lesmadres es la liana a la que se aferran los trogloditas. Cientos de investigaciones observaron a niñas y niños en familias homoparentales. Todas: la misma conclusión. En palabras de la Academia Americana de Pediatría (AAP): “Los hijos de padres homosexuales tienen las mismas ventajas y expectativas de salud, adaptación y desarrollo que los de heterosexuales”. La AAP también dice que los niños que nacen o son adoptados por familias homoparentales merecen la seguridad de dos padres o madres legalmente reconocidos.

“Hoy los hijos de estas familias sufren la discriminación al no reconocerse sus derechos. El tema de la maternidad y la paternidad de diversidad sexual es el último mito del discurso reaccionario. Hace años que los estudios afirman que las identidades de género no son transmitibles vía familiar sino el fruto de algo mucho más complejo”, dice Flavio Rapisardi, coordinador del Foro de Diversidad Sexual de Inadi y del Area Queer de la UBA. Este foro del Inadi viene trabajando con Lesmadres y otras organizaciones en una publicación sobre maternidades lésbicas.

Cuando no hay papá, no hay recetas de cómo llamar a dos mamás. Sofi llama mamá a Ana y mamu a Marce. Otras niñas y niños dicen mame a la no gestante, o madrina. Romina Reinaudo es licenciada en Psicología. Algunos de sus pacientes integran familias homoparentales. “En un primer momento, la pareja busca el modo de hacerse nombrar: madre, mamu, madrina, con relación al hijo, para entregarle como don a su niño la forma de nombrarlas. Con los años, cada uno decide cómo hacerlo.”

Triana corta la carne, cuenta: “Un día, Tato iba al jardín y me preguntó si yo no me enojaba si me llamaba ‘madrina’; le dije que me llamara como quisiera. Siempre le transmitimos que lo más importante es poder elegir. Le explicamos que no tiene papá, fue muy deseado, nadie lo abandonó”. “El nos va llevando naturalmente. Este año pidió que fuéramos a la escuela, cursa primer grado, y le explicáramos a la directora que él no tiene papá, que tiene dos mamás y que es feliz”, dice Roma. Triana se moría de nervios. “La maestra y la directora me dijeron: ‘¿Así que vos sos la famosa Triana’.” Se ríe al recordar. “Nuestros padres, hermanos y amigos saben, apoyan, acompañan. Pero nunca me había tocado afrontar algo institucional. Dijimos: tenemos una familia diferente. La directora sonrió: ‘Acá hay muchas familias diferentes’. Fue un alivio. Al día siguiente de la reunión, Tato se largó a leer.”

¿Tiene algo de diferente crecer con dos mamás? “Un sujeto nace y hay Otro que lo espera, que lo deseó, que lo preexiste. El bebé se aloja en ese universo simbólico que le crearon y a lo largo de su vida irá buscando su lugar propio. Silvia Bleichmar nos decía: ‘La función materna, paterna, implican modos de relación con el niño’. No están definidas por el cuerpo real anatómico sino por los modos erógenos que toma este encuentro”, dice Reinaudo.

Todas las familias son

Homoparental, pluriparental, monoparental. “Occidente no puede pensar sólo en familias tradicionales. Ellas mismas, en sus diferentes modalidades, están descubriendo cuáles son sus particularidades y sus diferencias. Lo que se sostiene en todas es la diferencia generacional, la función de sostén emocional y la de terceridad, también conocidas como funciones materna y paterna. En parejas heterosexuales también cambiaron las funciones y roles. La familia es producto de la cultura, no de la biología”, dice Eva Rotenberg, psicoanalista, directora de la Escuela para Padres y compiladora del libro Homoparentalidades (Lugar Editorial). Según Rotenberg, “hay una fantasía a desmitificar: mujeres que atravesaron tantos prejuicios pueden idealizar haber deseado tanto a su hijo y creer que será más amado. Un hijo real tiene distintas problemáticas. Que sea muy amado no significa que no vaya a tener conflictos. Y cómo se resuelvan los conflictos no tiene que ver con ser o no del mismo sexo sino con los recursos internos de esos padres o madres. La parentalidad es algo muy complejo, siempre incluye ciertas dificultades”, dice la coordinadora de homoparentalidades.net.

En La familia en desorden, Elisabeth Roudinesco despejó la duda. Si alguien creía que la familia estaba en retirada por las transformaciones sociales y sexuales, se equivocó. Acá está: deconstruida y reconstruida, reinventada. Roudinesco ve a la familia contemporánea más horizontal, un espacio de nuevas configuraciones, nuevas formas de subjetivación y de estructuración. Su libro tiene un final feliz, aunque ese final dependa más de lo político y lo social que de una teoría: “La familia parece en condiciones de convertirse en un lugar de resistencia a la tribalización orgánica de la sociedad mundializada”.

El sol tiñe la terraza de esta tribu con una luz caramelo. Entre mates y postres, las madres discuten lo mismo cada año: el sentido de marchar o no con sus hijos el Día del Orgullo.

–No me siento del todo representada llevando a mis hijos.

–Los medios visualizan el carnaval, pero no la vida cotidiana gay. Mucho del planteo de Harvey Milk se perdió en la juerga, una pena.

–Nuestra Marcha del Orgullo es la cotidiana. Blanquear en la escuela, en el pediatra, pelear con la obra social que nos reconoció. Las nuevas generaciones lo vivirán más relajadas, ¿no?

Las familias lesbianas de las integrantes de Lesmadres sí decidieron ir a la Marcha del Orgullo. Lo hicieron adelante, con sus hijos e hijas y una bandera tan grande como orgullosa. Además de batir records, la fiesta este año contó con nuevos invitados. “Marchamos por el reconocimiento político, social, cultural y legal de los derechos de nuestrxs niñ@s, de nuestras familias y de nosotras como lesbianas. En un contexto en el que nuestras necesidades son ignoradas o imaginadas como futuro, la visibilidad es más importante que nunca. Nuestrxs hijxs ya están aquí.” No iban caracterizados, pero sí en sus propias carrozas, o en la panza. Entre la multitud colorida, alegre, danzante, sus mamás los empujaron por las calles desde la Plaza de Mayo hasta el Congreso. En sus cochecitos con las banderas del arco iris, esos bebés eran mucho más que un símbolo.

Escorts, Suplemento Las Doce, Página/12

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CRONICAS

Las elecciones particulares

Ellas hablan de su trabajo, aunque no se perciben como trabajadoras sexuales. Mucho menos como mujeres en situación de prostitución. La palabra que eligen es “escorts”, a veces “acompañantes” y siempre ponen por delante su decisión y su conveniencia para referirse al intercambio de sexo por dinero, el modo en que se ganan la vida y hasta se pagan no pocos lujos. Casi nunca se las nombra en los debates en torno de la prostitución; tal vez sea la pertenencia de clase y su nivel de instrucción lo que las deja al margen. Protagonistas de escándalos políticos y públicos, de best sellers escritos en primera persona y de fantasías varias, estas mujeres defienden una doble vida que pocas veces se defiende en voz alta.

Por Maru Ludueña

Eran tres o cuatro tanguitas. Una roja, otra con strass, todas colaless. Colgaban del ténder, tan diminutas como el balcón del típico departamento de estudiante en La Plata. Milagros había ido a estudiar a lo de una compañera de facultad. También le llamaron la atención los zapatos de taco aguja en el dormitorio.

–¿Vas a bailar con esos tacos?

–Son de una amiga –respondió la anfitriona.

Milagros guardó el detalle con el silencio con que se guardan las buenas cartas y dio por cierto el rumor: su compañera trabajaba en un cabaret, le quedó la duda ¿sólo bailaba? Lo importante, cuenta otra tarde –quince años después, tomando un cortado en jarrito en un café del shopping Alto Palermo– es que esa compañera la inspiró. “Gracias a esa chica de la facu me avivé de que se podía trabajar de esto”, dice. Milagros trabaja de escort, anglicismo que significa “acompañante”. Sus clientes pueden gastar en una noche con ella el equivalente a un salario mínimo. Los datos claves están en una página web. Barrio Norte. 100, 65, 95/ 1,65/ Viajes: Sí. Inglés/español. En las fotos tiene un aire a las Trillizas de Oro en clave porno soft. Pelo lacio, dorado, con flequillo. Está en babydoll floreado. Con portaligas y corset, aprieta sus lolas. La boca en un mohín idéntico al de modelos en publicidades de lencería. Tendrá más de 30 y menos de 35, lo que la posiciona entre las “maduritas”.

El portal a través del cual cualquiera –así como hizo esta cronista– puede dar con Milagros es el más exclusivo, por los 800 pesos mensuales que paga cada escort por cargar datos y fotos. La página “no funciona como agencia, su actividad se limita a la fotografía y a la publicidad”, advierte el sitio. “Fui de las primeras en publicar ahí, hace nueve años, cuando abrió y éramos pocas” –contó con orgullo Milagros por teléfono. “Tengo otro trabajo, normal. En esto hay mucho engaño, corazón. Hay que ser cuidadosa, la competencia es feroz.”

Este mes Milagros compite con 65 colegas del mismo portal web. Compite con cuerpos tuneados en otras miles de páginas de escorts, foros y blogs; en avisos del rubro 59 de diarios respetables. Compite con prostitutas VIPS que trabajan en “departamentos” –donde amigas comparten gastos tipo cooperativa–. Compite con “privados”, con chicas regenteadas por alguien que se queda con parte. Compite con alternadoras y bailarinas de boliches y pubs. Esas son las más caras. En teoría, las más codiciadas son las amateurs, que desarrollan otra actividad: universitarias, promotoras, vedettes, “artistas” de la televisión.

“Las escorts amateurs parecen chicas normales sin pinta de gato” –explica en un foro de expertos un tal “CATador”. Otros disienten: “Si cobra no es amateur”. Ahí se recomiendan o no a las acompañantes, consultan gifts (tarifas), sortean “citas” con escorts, arman club de fans de sus favoritas. Los foristas son muy exigentes. Tienden al chiste, a contar a través de un zoom sus intimidades y a celebrarse (“felicitaciones por el reencuentro anal con la morocha”). “En el ‘83 todas eran amateur y se las comenzó a llamar ‘gatos’ o ‘escorts’. La mayoría se profesionalizó y largó otros trabajos, excepto las del espectáculo”, es la historia que se escribe en las tertulias virtuales con olor a hombre. Nadie sabe cuántas son. Hay quien dice tres mil escorts en Buenos Aires. Milagros es una y, según los foros, su departamento es tan coqueto como el de otra escort histórica de Recoleta, Delfina.

Llamé a Milagros al número de la página, me pasó otro. “Tengo un gran sentido de las voces. Vienen jueces, abogados. Hice dos carreras. Viajé por el mundo. Me gusta la adrenalina. Tomo mis recaudos. ¿Querés charlar en el shopping?”

Lunes a la tarde en una de las cafeterías del Alto Palermo. Llegó de negro: pollera corta, abrigo largo. Sólo había mujeres. Ella era la más elegante. Maxicartera, aros dorados, uñas de manicure con barniz marfil. Dos celulares. Jugaba con una pulsera dorada hecha de caballitos engarzados. Controlaba el reloj. “Es un Armani, un regalo, me regalan mucho. Mirá este anillo: oro blanco. Esto es un diamante. Para mi cumpleaños enviaron tantas flores que les dije: basta plis, mi living parece una sala de velatorio.”

Soy la mujer ideal de muchos hombres

“…Siempre fui ambiciosa. De adolescente me llevaron a una escuela de modelos, no me gustó el ambiente. El sexo toda la vida me resultó muy placentero. Un día busqué en los avisos del diario. Decía ‘trabajo cómodo, tanta plata, buena presencia’. Llamé y corté, hasta que me animé. La voz de una señora dijo ‘te tengo que ver’. Era en Boedo. Ella atendía el teléfono y el marido era taxista. Al principio sentía curiosidad. No ganaba tanto. Seguí estudiando. Alguien me contó que en una agencia podía hacer más. Así fue. Después, pasé a un privado. Eramos dos chicas, perro y gato. Las relaciones son difíciles. Publiqué en la web, me independicé.”

La familia de Milagros ignora esto. Ella no quiere que se publique nada sobre padres o hermanos. En algún momento estuvo en pareja. Mientras duró la relación, dejó de trabajar de escort.

“…volvés por la plata, por vicio, por clientes que llaman. Siempre hay una incitación a empezar de nuevo. Tendría que estar jubilada: la edad es la primera competencia. Cada una tiene su público: mi target es de 25 a 50 años. El 80 por ciento casados, muchos con hijos chicos, dicen que ellas no dan bola. El resto, los enamoradizos. A los hombres los veo terriblemente necesitados. Se quejan del maltrato de las mujeres.”

Suena su celular: “Hola. Sí, a las siete, dale”. Milagros corta y dice: “¿Vamos a mi casa? Es a cuatro cuadras”. Camina rápido, martilla la vereda con sus tacos aguja. La miran. Ella no mira a nadie. Saluda al encargado, recoge un sobre. Cuenta: “Trabajo en una consultora, sin horario, por objetivos. Si alguien dice: ¿puede ser que te haya visto en Internet? Niego todo. Me parás en la calle y no te doy mi teléfono”.

El departamento es nuevo. Vidrio/metal/blanco/madera. Tres ambientes a la calle. Palier privado: cuadritos + pátinas + flores.

–Tenemos un sexto sentido. Me impresiona: ellas siempre los llaman cuando están entrando. Jamás te van a engañar un sábado a la noche. Te engañan un lunes al mediodía. Te tratan como una amigovia. No los llamo por el nombre: podría confundirlos. Tampoco digo “mi amor”, suena falso.

Flota un silencio escenográfico en el living. Hay un acuario con peces grises y naranjas. Aparece un gato siamés “¡Hola Johnny!”. Barra de madera, bodega, copas. En una vitrina la luz se proyecta desde abajo una tarántula embalsamada junto a unas piedras semipreciosas. Giran sábanas cuadrillé en el lavarropas. En una habitación está la computadora, en la silla bolsos deportivos. “Amo los caballos, son mi cable a tierra. Practico salto hípico. Montar te saca de cualquier bajón. Exige ir al gimnasio, cuidarte.”

El dormitorio es tan normal: una cama, una foto de caballos, una tele.

–Sólo miro Valientes.

¿Disfrutás el sexo siempre?

–Lo disfrutás con algunos. Si no tengo ganas, no puedo poner cara de culo. El cuerpo humano es una máquina, te acostumbrás. Me ha tocado gente desagradable. Ahí está tu profesionalismo. Es dinero rápido, pero no es plata fácil.

Milagros no sale de su casa por menos de 500 pesos y sólo si conoce al cliente. “No me pasó, pero hay tipos que dicen ‘no sos como la de las fotos’ y pum: te cierran la puerta en la cara. No trabajo de noche, salvo que sea de confianza, o vayamos al cine y a cenar. Así puedo ganar 1600 pesos.” Las mejores ecuaciones tiempo-beneficio están donde confluyen altas cantidades de testosterona y metálico. “Una concentración de futbolistas en un hotel cinco estrellas se paga bien. Dos mil dólares. No me gusta, no te podés mover del hotel. Los aguanto una o dos horas. Por eso hago menos viajes. Debo sacar 5000 dólares al mes. Tengo mi departamento, una propiedad afuera, un auto y caballos. No infrinjo la ley. Si viajo por la consultora, busco una agencia afuera. Me doy mis gustos. En el verano alquilé casa en Los Troncos. Laburé, invité gente, pagué las vacaciones. Soy la mujer ideal para muchos hombres: cariñosa, independiente.”

“…pago mi cobertura médica. Me hago el test de VIH. Gasto en preservativos, óvulos, geles. Doy un servicio completo con protección. Una vez vino un juez, muy mayor, me había llamado su terapeuta para explicarme que le diera tiempo. Cayó con custodios. Se había olvidado de tomar el Viagra. Estuvieron afuera esperando. Le pedí que no los trajera, por mis vecinos. No me da vergüenza. Pero te privás de tener pareja, de hijos. Hay muchas chicas con nenes, dicen que trabajan en otra cosa. Estoy tan plena de sexo, que voy a bailar y no pienso en tipos. Ser escort levanta el ego. Si a todos les dijeran tantas cosas lindas como a mí, habría paz en el mundo. Mis tías y sobrinas me consideran un ejemplo. Mi progreso no es por estudiar, y eso, en algún lugar, me duele.”

Sobre el sofá hay un cuadro de los 80: mansión, palmeras, autos deportivos, atardecer a orillas del mar. El título es Justification of Higher Education. Milagros dice que se refiere a “las cosas que podés conseguir con educación”. Son las siete, el timbre.

EL VALOR DE UNA BUENA EDUCACION

En los noventa, Jorgelina Sosa se sentó a las mesas del Exedra, aquel bar extinto donde tantas chicas pasaron décadas tomando café y esperando por políticos, abogados, artistas y cultores del Garch & Go. Las trabajadoras sexuales del Exedra eran un mito, lo mismo las relaciones entre ellas. Un día Jorgelina dijo “suficiente” y volvió a las calles de Flores. Convertida en la secretaria general de la Asociación de Mujeres Meretrices de Argentina (Ammar) Capital, dice: “Lo que hace que una trabajadora sea VIP es un nivel más alto de educación. La mayoría tiene secundaria, estudios universitarios. Lo ejerce más por status. Cobran otras tarifas, se mueven en otro nivel, lo eligieron. No padecen el maltrato policial. Está arreglado, la policía no va a ciertos lugares para no molestar a dueños o clientes. Es una complicidad muy grande. Las que trabajamos en la calle llevamos el manguito para la olla. No hay muchas chances de elegir cuando no tenés acceso a una buena educación”.

¿Qué diferencia hay entre “escort” y “puta”?, pregunta en su blog Marien, desde Barcelona, licenciada en Ciencias Políticas y trabajadora sexual de lujo. “El contexto. Las ‘putas’ están, son, las de la calle. Ofrecen servicios más económicos. Las ‘escorts’ tienen estudios superiores, hablan idiomas, visten de marca. Suelen decir que son modelos, estilistas, azafatas y algunas reniegan no sólo de la palabra puta sino de la palabra prostitución. Este punto me indigna. Denota una falta de sensibilidad y de solidaridad de las ‘escorts’ hacia las ‘prostitutas’ que tienen que estar en la calle, muchas veces por desconocimiento”, dispara Marien en su blog.

Jorgelina Sosa estuvo en este otro bar del microcentro al que se mudaron muchas al cerrar Exedra. Tras las cortinas rosadas de la ventana están las Galerías Pacífico. Jorgelina no vino a sentarse, sino a contar a las compañeras acerca de la organización Ammar. Ofreció abogados, estrategias de prevención y especialistas en salud. “A veces les interesaba el asesoramiento legal. Ellas pagan su plan de salud privado. Se sienten damas de compañía o gatitas. No nos aceptaban los preservativos. Trabajan puertas adentro, sin que las vean. Históricamente el poder enmascara el consumo de los poderosos.”

Muy cada tanto, esta ecuación se invierte. Eliot Spitzer, gobernador de Nueva York, luchador contra el tráfico sexual, renunció cuando el New York Times difundió que era el “cliente 9” de Emperors Club VIP, agencia de escorts donde gastó 80 mil dólares.

–Esperame en la cama grande –le dijo Silvio Berlusconi a Patricia D’Addario, la escort del año, después de cenar en el Palazzo Grazioli. Cuando entró al dormitorio, dos chicas acariciaban a Il Cavaliere. Patricia se abstuvo: “No me gustan las orgías”. Después, aportó data. El escándalo tuvo su capítulo argentino: el primer ministro había invitado a su palacio a Gabriela Figueroa, bailarina y maestra de la danza del caño en Bailando por un Sueño. Bailaba en un boliche, donde recibió la propuesta y la rechazó, en Recoleta. Ese barrio es el tour más obvio de los que buscan chicas caras. Fabián trabaja con empresas de tecnología. “A los clientes extranjeros los acompaño a Madaho’s. Es sólo para turistas: 90 pesos la entrada. Para irte con una chica tenés que pagarle una o dos copas a 150 mangos. Ellas piden 600 pesos por el servicio, sumale el telo. Las que bailan son más caras. Salir en la tele o revistas multiplica el número. ¿Por qué pensás que algunos mediáticos tienen tantas novias? Un amigo pagó 8000 pesos por una noche con una conocida.”

Federico y amigos eligen in situ, en otros pubs. “Si vamos a Pinamar, cargamos las tablas de surf y buscamos a las chicas. Madaho’s es un cazabobos. Preferimos Cocodrilo o Pampita. Ellas la pasan bien, somos sanos, deportistas.” Federico y amigos tienen 40 y pico, empresas, mujeres, hijos. “No queremos que nos rompan las pelotas –dice uno–. Hugh Grant podría conseguir cualquier mujer pero le gustan las prostitutas, ellas tienen vedado el romper las pelotas.”

TARDE DE BAR

Ursula tiene 28, parece menos. Será por su cara de nena, su voz adolescente, su metro cincuenta, su pelo rubio, pajizo y leve. La contacté por conocidos. Primero conversamos horas en un bar en Lavalle y Esmeralda, su territorio. Ursula es simple, enérgica como el viento. Habla rápido, ríe a carcajadas y a cada rato se huele el pelo. Propone que vayamos a conocer el bar donde empezó hace diez años: el de las cortinas rosas frente a Galerías Pacífico.

No es un bar como cualquiera, pero sólo se percibe adentro. Una miniconvención de la ONU: mujeres de todas las etnias, edades y estilos. Una atmósfera de peluquería. Chica robusta, acento colombiano, lee en la Cosmopolitan: “Diez cosas que debe mostrarte antes de comprometerse”. Rubia preciosa, mucho rímel, musculosa, tacos, jeans, cuchichea con amiga. Se pasan brillo en los labios. Hay una negra flaca, bella, con un foulard y un Ipod, a punto de dormirse. “¿Tiene 50, podés creer?”, dice Ursula y pide una coca. En la barra, dominicana morena, de tailleur, susurra cada vez más cerca a la oreja de un señor rollizo cada vez más sonriente. Las demás esperan, conversan como cuando se teje –con la mente en otra parte–. Tienen jarras de agua y enroscan un mechón de pelo en el dedo. “Para sentarte pagás un ticket de 70 pesos diarios. A la noche, lo canjeás por comida, cocinan riquísimo y te llevás a tu casa.” Ursula aclara al mozo: “Tenemos que hacer tiempo y vinimos de civil nomás, no a trabajar”.

Ursula vive y nació en Vicente López. Primaria en un colegio inglés, (“tenía beca”, “sé algo de inglés y de alemán”), secundaria en un público de Belgrano. Su papá falleció cuando tenía 18 (“era distribuidor de productos de granja”). Su mamá, celadora escolar. Tiene una media hermana, casi no la ve. Ursula era vendedora de un local de ropa infantil en un shopping de zona Norte.

“Un martes de franco vine con una amiga al bar, ella me explicó. A las 11 de la mañana llegó un viejo. Lo veías y no dabas dos mangos. Me miró, fui, me senté. ‘Si te querés quedar una hora son 200 pesos.’ ‘¿Sos completa?’ ‘Sí, vamos’. Estaba nerviosa. Me acordé de las películas porno. Hasta hoy actúo como en una porno. Me dio 700 pesos, más de la mitad del sueldo del shopping.”

“Al principio venía los francos. Hasta que uno se me enamoró. Pequé de buena: le conté la verdad. Quería que viviera con él. Yo no. Llamó al shopping, contó todo. No le creyeron.” A Ursula le dio tanta vergüenza que no fue más. Empezó a trabajar en el bar de lunes a viernes, de 10 a 16. A ganar 600, 800 pesos diarios. “Llegué a hacer diez clientes en 24 horas. Se me inflamaba la herramienta de trabajo. Me mudé al departamento de una amiga. Un día le dije: ‘Todo bien linda, te adoro, pero no me rinde, me vuelvo a laburar sola’. El novio me amenazó. Volví acá y empecé con Internet, un recurso más. Al ser completa podía organizar muchas citas.”

En los foros morían por ella. “Pequeño huracán.” “Chiquita. Recomendable si cuando te traen el pollo, te comés el ala.” “No está pirucha.” Se felicitaban por pasar su teléfono. “Me encantó: estudia, no toma ni fuma.” “Rubia platino. Hermosa charla.” La evaluaban: “Besos. PT sin. Mimosa”. Un día Ursula hizo mutis por el foro.

RELACIONES PELIGROSAS

“Algunos son unos enfermos. Hay uno que trata mal a las chicas, lastima. Algunas lloran, quieren devolver la plata, irse. Es un bruto, no lo sabe hacer. Yo debería escribir un libro: la técnica de la cola. Si lo hacés bien, no duele, hasta es mejor. Propuse un foro donde las escorts contáramos nuestras experiencias. El tipo me bardeó, me salí de la web. Deberíamos agruparnos, tener obra social.”

¿Tenés contacto con la organización de meretrices?

–No, ni idea. Aporto como monotributista. Hay un tipo que nos hace recibos de sueldo para sacar tarjeta de crédito. Hice un curso de uñas y maquilladora. Todo es plata: la pelu, el personal trainer. Tengo un amigo cirujano, se lo pasé a varias chicas, no me decidí a agrandar las lolas.

¿Cómo son las relaciones entre ustedes?

–Asperas. Tengo pocas amigas. A veces pasás un cliente porque a ellos les gusta variar, pero algunas se zarpan. Amenazan con contar en tu casa. Con eso no me pueden presionar. A mi mamá le tuve que blanquear, pero es chapada a la antigua. Sabe, tiene miedo por mí.

¿Te protegés?

–Sólo hago sexo oral “sin”. Me explicó un amigo que tendría que tragar mil litros de semen para contagiarme. Si dejo de hacer sin, pierdo la mitad de los clientes.

¿Te excita el sexo por trabajo?

–Trato de pasarla bien. No acabo con todos, elijo. Si tenés muchos orgasmos, te cansás. Si estoy agotada, una coca y aspirina. Algunas resisten con droga y se gastan la plata.

¿Te enamoraste?

–Eso no se cuenta. Tengo novio y cree que trabajo en ropa infantil.

Apoya tres celulares en la mesa. Suena uno, mira la pantalla. La invitan a navegar. Suena otro. “Sí, tengo un par de amigas para juntarnos”, “por el lugar no te preocupes.” Suena otra vez, frunce la boca: “No respondo llamados sin identificación”.

“Pasé malas experiencias. Una vez fui con un viejito. Llegamos al hotel, tenía un olor repugnante. Le dije: ‘Gordi, ¿nos bañamos?’ No tienen idea de cómo se lavan los genitales. Voy a escribir otro libro para enseñarles. Le pedí la plata. Le dije: ‘No arreglamos ese precio’. Dice: ‘Tu amiga dijo eso’. Le propuse: ‘Te vestís y vamos con mi amiga’. Dijo que iba a denunciarme por maltrato. ‘Y yo te voy a denunciar por sucio’. Voy maquillada, peinada, higienizada, depilada, termino, me baño, me cambio la ropa interior. Exijo lo mínimo. Otra mala fue con uno que al terminar pidió que lo acompañe a un cajero y salió corriendo. Ojo: este laburo no tiene el dramatismo que pintan las películas, es tranqui, sobre todo de día.”

Hay quienes piensan que la prostitución es una clase de opresión.

–Lo escuché, no me siento víctima. Sé que hay chicas explotadas y me preocupa, pero es otro rollo, mafias y delincuentes. Lo mío es independiente. Lo elijo. Si volviera a nacer lo elegiría otra vez. Lo único que no volvería a hacer es trabajar en el shopping.

Habla bajo. En el bar todos susurran. Las miradas pesan. El panzón se va por la puerta. A los tres minutos se va la dominicana. Se encontrarán en el hotel. “En una época el hotel nos pagaba un porcentaje del consumo. Yo pedía todo: juguetitos, comida. Cada mes retiraba mi sobre. Ya no pagan. La crisis afecta. Lo que me liquidó fue la gripe A.”

“…cada día salgo de casa con cien pesos. La tarifa de escort depende de la edad, físico y servicio. Cobro de 400 a 1000, depende de la cara. O digo: ‘lo dejo a tu criterio, si te parece que valgo menos’. Derroché mucho. Quiero terminar de pagar el auto, comprar un departamento. Después una Toyota SW4. Mirá”. La foto de la camioneta es su tapiz de celular. “Abro el teléfono y me recuerda no gastar. Sé que no la ganaría en otra cosa. A veces te toca alguien que no te gusta. Le pongo onda. Peor el pico y la pala.”

“…estudié medicina, ciencias políticas y ahora me anoté para contadora. Soy cambiante. Trabajo sólo de día en el centro. Lunes y viernes se labura mucho. Me gusta el ambiente de casados, gente con responsabilidades. Prefiero a los mayores. Los pendejos maltratan, te dejan de cama. Soy puntual. Si me piden un servicio de quince minutos en una oficina, no me puedo demorar. Hay uno que me dice: ‘Sos idéntica a mi esposa cuando era joven’. Yo pienso ‘y vos sos un enfermo’. De noche no trabajo. Salvo si voy a bailar a Esperanto o Ink, y se da. Me gusta un pub como Black, frente al Alvear, pero trabajás si sos morocha: los gringos en sus países tienen rubias a lo loco”.

En el bar esta tarde hay dos turistas de camisa planchada. Toman cerveza. Analizan la oferta. A uno se le cae el vaso y se le rompe. Las chicas ríen. Ursula paga. Nos desean suerte. Afuera anochece y la rubia se va a encontrarse con alguien.

¿Existe el famoso book de los hoteles cinco estrellas? “Es un mito. En quince años no vi uno. Hay argentinos que lo piden, se ponen pesados: mostrámelo. Quizás existen en departamentos o agencias de modelos. Antes las chicas dejaban la tarjeta. Con Internet cambió. Ahora fotocopiamos el DNI de las escorts que ingresan. Al que pide chicas, lo mandamos al pub –cuenta el conserje de uno de los mejores hoteles porteños.

Hay sitios donde una mujer no puede entrar sola, salvo que vaya a trabajar: Madaho’s es uno. Tras varios llamados, doy con la persona. No termino de explicar. El tipo se enoja, grita: ‘Acá no trabajan chicas’. ‘¿Perdón, no hay bailarinas? Lo dice su web’. ‘No me interesa, se distorsiona todo. Tomamos a las chicas por la Asociación Argentina de Actores. Al que te dio mi nombre mañana lo echo’, grita. (¿Cómo tratará a las chicas y por qué el gobierno de la ciudad de Buenos Aires lo incluye en su web?) En foros donde se habla sólo inglés, extranjeros se solidarizan: ‘Una chica de Madaho’s fue echada por transar por menos plata’”.

Madaho’s queda frente al cementerio de Recoleta. Tiene un frente de lápida: negro y marmolado. Desde la puerta se ven las alas de los ángeles que adornan las tumbas. Sobran hombres, autos relucientes y personal de seguridad. Adentro: butacas rojas, barra, luces verdes, streapers, table dancers. Afuera, en la vereda corren una decena de hermanitos venidos de Wilde. Venden rosas a medianoche. “Acá está la plata”, dice una nena de 12 años. Cada vez que un señor y una mujer salen y paran un taxi, ella se acerca, les ofrece una rosa. Todos le compran.

Personajes: Estela de Carlotto, La Nación

Una entrevista que hice a Estela de Carlotto, con motivo de la recuperación del nieto número cien.
Publicada el domingo 10 de enero de 2010 en LNR.

Para ver la nota on-line, click acá.

“LAS ABUELAS NUNCA ENTRAMOS EN JUEGOS POLITICO-PARTIDARIOS”

La recuperación de identidad del nieto número 100, su cercana relación con el Gobierno; la deslealtad de algunos amigos y las ganas de seguir, a los 79 años. De todo ello habla Estela de Carlotto en esta entrevista

lanacion.com | Revista | Domingo 10 de enero de 2010

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En el hall de la sede central de Abuelas de Plaza de Mayo hay un cuadro que crece. Tiene las fotos de los nietos recuperados; falta encontrar a 400. Entre ellos, al nieto de su presidenta, Estela de Carlotto, que celebró recientemente la recuperación de identidad del nieto número cien. Fue casi 30 años después de localizar a las primeras, las hermanas Tatiana Ruarte Britos y Laura Jotar Britos.

Pero por los días en que dialoga con LN R el tema que la hace aparecer en los medios es otro: la toma de muestras de ADN a los hijos adoptivos de Ernestina de Noble.

-Para muchos, más que de una búsqueda de identidad, esto es parte de una pelea política que involucra al gobierno y al grupo Clarín…

-Esto es responsabilidad pura y exclusiva de los políticos que se meten a hablar barbaridades. Lilita Carrió bastardeó el tema diciendo que rechazaba las leyes con las que estuvo de acuerdo en 2003, que se trataba de una pelea direccional entre la presidenta y Ernestina Noble. ¡Nada más deshonesto que decir algo así! Me extraña que Gil Lavedra diga que hay que considerar el derecho de la familia, cuando la única familia que hay es la que está buscando. La otra familia puede haber tenido buena fe, o ser una ladrona. Y Strassera dijo que si el chico no quiere hacer la prueba, que no se haga, desconociendo que se trata de un delito de acción pública y que el Estado tiene que llegar a la verdad, a saber qué y cómo ocurrió, hasta las últimas consecuencias.

-La ley de extracción de ADN por métodos alternativos se aprobó en el Senado con un voto en contra. La creación del Banco Nacional de Datos Genéticos fue más controvertida. ¿Por qué?

-No fue fácil. No puedo entender que gente amiga, en vez de venir acá y hablar con nosotros, hizo una especie de trabajo paralelo en contra. Adolfo Pérez Esquivel, premio Nobel de la Paz, que fue siempre un amigo, repartió notas en el Parlamento, contrarias, sin hablar con nosotras. ¿Cómo podían decir que el Banco que pertenece a la Nación se va a perder? Si se pierde eso, perdemos los nietos. A veces se olvidan de que las Abuelas hemos salvado al Banco mil veces. Buscando reactivos en el exterior, haciendo campañas de recolección de fondos, pidiendo que mantengan al personal. Que gente que ha sido amiga se haya comportado así me pareció una deslealtad.

El nieto número 100 no era apropiado: Matías Espinosa es hijo de Tulio Valenzuela y Norma Espinosa, militantes. Cuando Norma estaba embarazada, se separaron. Ella se retiró y se fue a lo de sus padres. Tulio pasó a la clandestinidad. Después, desapareció. Matías creció con su madre. Adolescente, se acercó a Abuelas y contactó a sus tíos paternos. En 2009, se restituyó a Sabrina, su media hermana (hija de Tulio Valenzuela y Raquel Negro). Matías fue derivado a la Comisión Nacional por el Derecho a la Identidad (Conadi) para estudios genéticos. En junio se confirmó. Recién a fin de año Matías hizo pública su historia: el nieto número cien.

-¿Qué significó encontrarlo?

-Siempre auguramos esa cifra. Es muy simbólico. El primer centenar de los 500 secuestrados. Las leyes que se aprobaron en 2009 pueden dar resultados muy buenos este año. Quizás animen a muchos chicos a que acepten esa prueba de ADN alternativa. No es agresiva, el rescate de una prenda, un peine. Los libera de esa especie de traición a quienes los criaron, a los que están ligados sentimentalmente.

La nieta 99 no vive: Mónica Santucho desapareció cuando secuestraron a sus padres. Antes, escondió a dos hermanitos en un tacho de basura. Los salvó. Tenía 14 años. Fue torturada. El Equipo de Antropología Forense identificó sus restos.

Al nieto 98 la familia no lo buscaba. Martín Amarilla Molfino, hijo de Guillermo Amarilla y Marcela Molfino, nació en cautiverio. Sus parientes no sabían del embarazo. Martín se acercó a Abuelas. “No da con nadie”, decían los genes. Hasta que alguien contó que Marcela tuvo un bebé detenida. Todo se hilvanó. Martín se encontró con tres hermanos.

-Tres historias atípicas donde el cuerpo, después de años, habló.

-Antes íbamos detrás de los árboles. Hoy contamos con investigación y técnica. Apretás un botón y cruza todo. Las Abuelas estamos haciendo un estudio de las maternidades clandestinas. De acuerdo con nacimientos y encuentros, al saber quiénes estaban ahí, podemos presumir quiénes tienen al resto. Con los juicios, surgen más datos. Uno dice: “¿Cómo no lo dijiste antes?” “Creía que no servía”. ¡Todo sirve!- dice Carlotto.

-¿Recuerda su primer encuentro con Abuelas?

-Habrá sido por abril de 1978. Recibí un buen consejo de mi consuegra, Nelva Falcone, mamá de María Claudia Falcone, víctima de la Noche de los Lápices. “Estela, ¿por qué estás sola si hay otras señoras en La Plata que se reúnen? Algunas están buscando nietitos”. Con mucho cuidado nos encontrábamos en confiterías, estaciones, iglesias. Yo había empezado a gestionar mi jubilación como directora de una escuela, para buscar a Laura, mi hija. Tenía noticias de que mi nieto nacería en julio. La jubilación me llegó en agosto de 1978, tres días después de enterrar a Laura. Fue muy terrible. Me metí de cabeza. Al principio, las Abuelas no teníamos nada; era todo artesanal. Se complejizó por necesidad de la función.

-¿Cuántas Abuelas quedan?

-Crece la institución, pero decrecen las abuelas. Es fuerte. Hay que ser realistas, saber que así es la vida. Las abuelas que se nos han muerto sin encontrar a sus nietos tienen en nosotras la búsqueda. Y las que viven tienen 90 años. Quedamos las que podemos. Somos una comisión de 13. Algunas llegan arrastrando sus pies, con su sordera a cuestas, sus “los días de frío, no”. Somos frágiles. Todos los días somos cinco abuelas. Y una enorme presencia de juventud en el equipo jurídico, psicológico, genético.

-¿Aún se emociona o lo vivido endurece?

-Siento una emoción terrible. Cuando Claudia, mi hija, que es titular de la Conadi, me contó de Martín Amarilla Molfino, pegué unos gritos bárbaros. Un día estaban sus familiares acá, en la sala grande. El estaba en la Conadi recibiendo la noticia. Le dije a Claudia: “Cuando sea prudente, preguntale si quiere conocer a su familia”. Después ella llamó para decir que el chico venía para acá. ¡Salí a esperarlo a la puerta! Es lo que alimenta el alma para seguir.

-¿Qué la impulsa a tanta actividad?

-Temperamento y compromiso. Antes de que me tocara ser de Abuelas de Plaza de Mayo, era directora. Para ser maestra hay que estar preparada, atender a los niños con amor. Ya tengo 79 años, ¡un horror! No me doy cuenta. Hago más que a los 20. Y el físico, a pesar de mis ñañas, me responde. Vivo sola (su marido Guido falleció hace 8 años), puedo acostarme a la una, dos de la mañana y levantarme a las 6 para desparramar papeles de Abuelas. Acá es imposible, hay una presencia de personas y cuestiones por responder. Los domingos al mediodía los paso en familia, preparo tallarines con una salsa de tres tiempos. Somos los Campanelli. Y ese día no se habla de política.

-Volviendo a la política, a usted se la critica por su cercanía con el gobierno de Kirchner.

-Aplaudo al gobierno en lo que hace en Derechos Humanos como gestión, no como partido político. Las Abuelas no entramos nunca en juegos políticos partidarios

-¿Tiene charla íntima con la Presidenta?

-No. Cristina es muy conversadora, agradable. Pero no soy de entrar en confidencias. Ella dice que yo la hago acordar a la mamá y yo digo que por el look me hace acordar a Laura. Hay cariño.

-Pero, ¿puede ser crítica con ella?

-Si le tengo que decir algo, lo digo; si hay que pedir algo, pido. Y si la tengo que criticar, también.

-¿Qué opina de la pena de muerte?

-El dolor de una madre cuando pierde un hijo es el mismo, uno lo comprende y lo acompaña. Pero hay tiempos de dictadura y de democracia. Uno lamenta la muerte de un policía y respeta el dolor de esa mamá. Pero un policía elige empuñar un arma y correr un riesgo que no tiene, por ejemplo, un maestro. Por otro lado, creo que los discursos que piden pena de muerte son de gente que está en la vereda de enfrente. Eso de “tenemos que matar” es contagioso para una sociedad que está temiendo por la inseguridad. Sí, vemos que la hay. Pero hay que buscar los motivos de esa inseguridad. ¿Quién es ese chico que se droga a los diez años? ¿Quién le da la droga y quién le da el arma? ¿Ese chico nació malo? No. Los usan de puente, de correo. Hay que buscar las causas sin echarnos culpas entre nosotros.
De odios y rencores

Una tarde, Carlotto llega al estudio fotográfico de La Nacion, del brazo de Jorgelina Azarri de Pereyra, la Abuela Coqui, titular de Abuelas de La Plata. No necesita peluquero ni maquillador: el cabello esponjoso, ojos bien sombreados. Mientras hace las fotos, su compañera la describe: “Cálida, inteligente, muy trabajadora. Nos representa muy bien. Somos de La Plata, nos conocimos por lo que nos tocó vivir por nuestras hijas. El amor nos condujo a la calle. Pasamos angustia y felicidad. Logramos cosas que no nos imaginamos nunca. Hace un año y tres meses tuve la dicha de encontrar a mi nieto. Al verlo, le hablé a mi hija: “Amor, encontré lo que siempre te prometí”. La lucha sigue. Me siento más comprometida: quiero que todas las Abuelas vivan esta alegría”, dice Coqui.

-Carlotto, ustede suele decir las cosas de modo conciliador. ¿Años de experiencia, estrategia, o siempre fue así?

-Me criaron así. Recibí enseñanzas morales de respeto al otro. Podemos no pensar igual. Y se puede decir lo mismo sin ofender. Con las Abuelas recorremos barrios, pueblos, universidades para hablar de esto: no escuchemos a esos que ven en el otro un enemigo porque piensa gris y pienso blanco. Pensemos en el país, en la Argentina. Enemigos de la humanidad son Videla, Massera, Bignone. Los que reivindican los crímenes y los volverían a cometer.

-¿Cómo es vivir buscando a un nieto?

?Mi nieto tiene 31 años. En algún lado está. Antes, yo miraba las caritas de nenes de su edad. Una vez seguí a una mamá que tenía en brazos a un bebé parecido a uno de mis hijos. Se dio vuelta, era idéntica al chiquito. Qué locura. Seguí y sigo mirando. Ya no me obsesiono. Me da un respingo el cuerpo cuando alguien dice “¡vení, Guido!”. Y si veo que es de la edad, por ahí le pregunto cuántos años tiene. Se está usando bastante el nombre Guido. Tengo ilusiones cuando hay casos que coinciden con su historia. Pero busco a todos los nietos. Por disciplina no entro en angustias, fantasías. Es lindo cuando me dicen “te siento mi abuela”. El día que encontramos el nieto de Coqui, lo disfruté tanto. Es como encontrar el propio.

-¿Sus nietos buscan a Guido?

-Lo esperan, más que buscarlo. Saben que estoy yo. Me toleran como una abuela un poco ausente, a veces me ven más en la pantalla. Pero es una espera de todos, el nieto que falta. Mis hijos sí lo buscan.

-¿Guarda algo para él?

-El otro día pensaba qué voy hacer. En cada encuentro o congreso nos regalan camisetas, prendedores. Guardo cajas repletas de remeras y suvenires, para mostrarle cuántos lugares recorrí buscándolo. De Laura hay un archivo biográfico que se arma en Abuelas, con testimonios de quienes conocieron a los padres. El otro día me encontré con una chica que vivió con ella. Decía: “Laura hablaba mucho de ustedes, contaba que en su familia inventaban términos”. Es cierto: a la frazada le decíamos pitilla. Y le contó que inventamos una forma de llamar las partes sexuales de la mujer y el varón. Laura tuvo humor hasta el final. A veces pienso: ¿qué soy yo? Si la que dio la vida fue ella. En nuestras últimas charlas, me dijo: “Si me pasa algo, la muerte de todos los que luchamos, no va a ser en vano”.

-¿Alguna vez sintió rencor?

-Ni odio ni rencor, lo mismo la mayoría de abuelas y padres. Buscamos el triunfo de la verdad sobre el plan sistemático de robo de bebés. Estamos encontrando la vida y la muerte, como el caso de Mónica. Pruebas en contra de aquellos que creyeron que nunca se iban a saber los crímenes que cometieron. Apuntan a recomponer esta historia tan dura que los malintencionados quieren que se oculte.

Por María Eugenia Ludueña
revista@lanacion.com.ar
Algo muy personal

Estela de Carlotto se sumó a Abuelas de Plaza de Mayo en abril 1978, meses después de la desaparición de su hija Laura, a fines de 1977. Su marido, Guido, también fue secuestrado y torturado. Falleció en 2001.

Tiene cuatro hijos: Laura, Claudia (titular de la Conadi), Guido (senador provincial, en Buenos Aires, FPV) y Remo (diputado del FPV). Y catorce nietos.

Es la presidenta de Abuelas desde 1989. Abuelas de Plaza de Mayo reconoce como fecha de iniciación el 22 de octubre de 1977.

Guido, el hijo de Laura, nació el 26 de junio de 1978 en el Hospital Militar.

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